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Dilema

23 Julio, 2009

Bueno, no lo es tanto. Ocurre que estoy pensando en comprarme una bici y un portátil. La bici depende de si se aprueba un proyecto, o sea, de si tengo trabajo o no; Si no tengo trabajo, me veré obligado e emigrar con lo que la bici no me hará falta para nada y, por otra parte, el dinero me vendrá de perlas. Si todo va como debiera, el proyecto lo concederán y, entonces, me pillaré una bici nueva. Estoy pensando en esta Vortrieb, de unos 1200 euros (en vez del Shimano XTR, montaría un XT), una Cube LTD-pro de unos 880Euros o una CUBE Acid de unos 720Euros. A mí, claro está, me gusta mucho más la Vortrieb. Me compraría con los ojos una que he visto por 800Euros, pero es una marca alemana que sólo venden por internet a partir de 1200Euros –o eso me han dicho-. Ese es el dilema, porque la pela es la pela.

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En cuanto al ordenador, estuve tentado por un ibook antes de pensar en la bici, pero me he dado cuenta que para estas cosas lo mejor es ir a lo medianejo tirando a lo elemental. Por eso, me compraré uno de 400 ó 500euros. Total, me compre cual me compre, dentro de un par de años será una birria. Es lo que le sucedió al mío de ahora, el pobrecito más bien; me lo compré a finales del 2001, me costó carete. La verdad es que estoy muy contento con él, y si lo cambio es porque no tiene conexiones inalámbricas, el disco duro es inexistente y de procesador, memoria, todo lo demás ya está más que obsoleto… y la batería ¿eso qué es? Con esto te quiero decir que mi portátil se quedó descolocado al poco tiempo de comprarlo. A parte, a mí me trae sin cuidado la tarjeta gráfica, los lectores/grabadoras de deuvedés el Blueray y la santa madre que los parió. Yo sólo lo uso para guardar fotos, escribir, simular algún circuito  con programas del pleistoceno con lo que me sobra cualquier funcinalidad hiperdimensionada y sobrevalorada. Lo que si tengo seguro es que será un Dell o un Toshiba, paso de un Acer o similares.

La bici es otra historia. La que tengo, por ejemplo, es de 1993. Salvo el cuadro y la rueda delantera ningún componente es el original, aunque la última renovación importante la hice en el 2000, así que no creo que mi bici pasara una hipotética ITV. O sea, que necesita una revisión urgente y extensa, y no quiero invertir una pasta gansa en componentes sueltos a la espera de qué se va a fastidiar o de qué es lo que me va a dejar tirado en mitad del monte. Me compro una nueva y dejo de jugarme los piños en cada excursión.

El lanzamiento de un globo

17 Junio, 2009

Para nada es trivial. Es muy emocionante, sobre todo por las dimensiones del aparato y por saber que allí hay algo de ti (realmente, y no es falsa modestia, en este proyecto de mí hay muy poco, pero de otros compañeros, muchísimo). Por eso, considero que he tenido mucha suerte por estar allí.

Esta es la grua que sujetará la barquilla de dos toneladas durante el lanzamiento:

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El camión con el Helio, unido a la pieza que sujeta el globo durante el inflado (contrapeso de diez toneladas con una pinza que cierra la boca del globo)

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La barquilla fijada en la grua

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El despliegue del globo,

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La fase de inflado con Helio (en verdad ya se ha terminado, se ha anudando los tubos de llenado, pero aún no se ha soltado)

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La suelta (lo rojo que se ve al comienzo del cable es el paracaídas que se usará durante  la bajada),

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Si te fijas, todo el Helio está confinado en una pequeña zona. Cuando ya esté en vuelo, durante los primeros metros de subida, un pirotécnico explotará la pinza que impide que el He se expanda por todo el volumen del globo. Pero, antes de eso, la grua, en marcha, ha de andar un poco para que la barquilla y el globo queden verticales en la suelta.

Empieza la misión. El globo llegará a los 40Km de altura y se mantendrá allí durante 6 días; entonces, él llegará a tener un diámetro de unos 105m.

Así, mientras uno vuela de Suecia a Canadá por el círculo polar ártico observando el Sol, el resto, en tierra, vigila sin descanso el funcionamiento de los aparatos.

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Y el Sol,

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Masaje capilar

4 Junio, 2009

El otro día me estaba cortando el pelo y en éstas veo un cartelón que ofertaba un masaje capilar junto con un bote de acondicionador de regalo. Todo por seis euros. Pensé que la cosa era fiel al dicho de lo comido por lo servido, más un masaje de regalo, porque venía a costar lo que vale un bote de acondicionador, algo que uso todos los días. De todos modos, como nunca había probado eso del masaje capilar, le pregunté al peluquero de qué iba la historia. No necesitó mucho para convencerme, lo hice más por el bla, bla, bla que para saber.

Ya en faena, al principio me reí. Sí, una actitud un poco gilipollas, pero no me pude conter cuando al tipo va y me pone sobre la cabeza mojada uno de esos artilugios –que yo antes sólo había visto en los puestos de los mercadillos- que consisten en una especie de rastrillo cónico de púas largas de metal. No obstante, en cuanto se me pasó la risa floja, me di cuenta de que aquel cacharro relaja una barbaridad. Además, el acondicionador tenía mentol con lo que la cabeza pasaba de tener un calorcillo refrescante a un frescor no menos cálido.

Después del rastrillo, el peluquero empezó a amasarme el cuero cabelludo. El colega me dijo que inevitablemente se me iban a caer cien pelos y yo, como soy precavido, con cuidado fui mentalmente contando cada uno de los tirones, uno tras otro, hasta que conté ciento uno.

Luego, después de aclarar, de secarme el pelo y de peinarme, me fui a casa más contento que un niño con un par de zapatos nuevos, con la cabeza bien fresquita y un bote del susodicho engrudo bajo el brazo. En cuanto a los efectos del acondicionador, a parte del efecto mentolado frío-calor, ha sido éste uno de los pocos que ha tenido esa extraña virtud de que, cuando apoyo la cabeza sobre la mano, ésta se resbala; fenómeno que ya ha provocado que me dé un par de ilustres calamonazos contra la mesa. En fin, buen descubrimiento, aunque seguro que voy por ahí echando un tufo a chicle…

Granada/ Llano/ Dúdar/ Granada

28 Mayo, 2009

Hacía más de ocho años que no hacía la ruta de Dudar con la bici. El fin de semana pasado me lancé de cabeza a ella porque ya se me ha quedado corto el recorrido de todos los fines de semana. Además, he comprado un Camelback (bueno, de otra marca) y ahora tengo todo el agua que quiera. Está muy bien el invento que, para quien no lo sepa, es una mochila con una cantimplora y un tubo que te permite beber sin tener que hacer muchos movimientos con el cuerpo. Lo compré para probar y porque sólo costaba 15 Euros; por eso, de no gustarme, siempre hubiera podido volver al método tradicional del bidón en la bici sin ningún cargo de conciencia. De todas, todas, me lo quedo.

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A lo que iba, la duración del recorrido es de unos 45Km de los que la mitad es por monte. La media que hice fue de 18Km/h: ¡no está nada mal! Y, mejor aún, no me cansé demasiado. El próximo día subiré al pantano de Quéntar que supone más o menos unos 60Km. Aquí tienes un plano con el recorrido. En el extremo derecho, arriba, está Dúdar; en el extremo izquierdo está Granada y en medio, el Llano de la Perdiz. La vuelta se hace por la ribera del “Aguas Blancas” y del Genil.

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Cuando regresé a casa, tenía los ojos como tomates gracias al polen del olivo y las piernas un poco cargadas, pero estaba más feliz que un tonto con un pito por saber que físicamente estoy como cuando tenía 24; aunque dudo que ese sea un gran consuelo, porque entonces tampoco estaba muy allá.

Espiral

20 Mayo, 2009

Mientras miraba de reojo el Bitter-Kas que bebía, me atrajo la espiral de caña que formaba el posavasos. Eso me llevó a pensar en otras espirales. Así, recordé una que aparece en los fuegos de mi vitrocerámica; en los cucuruchos de pescaíto frito cuando se miran desde abajo. Cómo no, ¡en el caracol! También, en los surcos de un disco de vinilo, en las galaxias y hasta en el camino que tiene que seguir un ion cuando es acelerado en un ciclotrón. Viendo que se me terminaban los ejemplos y que me iba por lo rebuscado, cogí un libro de geometría para escarbar dentro de él y comparar si la fórmula que mientras tanto se me había ocurrido era válida o no. Para mi sorpresa, a parte de ésa que había pensado, encontré otras muchas ecuaciones, y, mira tu por dónde, he aprendido que la espiral de mi vitrocerámica es una espiral de Fermat, y que las otras que te he comentado estarían dentro de las espirales de Arquímedes y las logarítmicas.

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Cuando más tarde le eché una foto a la vitro para insertarla aquí, pensé que la imagen que veía le daba un aire a la portada de un libro que leí hace años: “el nombre de la rosa”. Lo busqué y comprobé que no había demasiado, salvo el contraste entre el rojo y el negro: debajo del plano de un laberinto estaba la foto de una rosa. Apostaría un puñado de sal a que el laberinto del libro es aquel que hay en la catedral de Chartres (pero nunca sabré si la apuesta la he ganado o no porque en aquella edición no viene el nombre del laberinto que inspiró al diseñador de la cubierta). No recuerdo dónde leí el significado místico que le daban los antiguos a los laberintos que, la verdad, unos y otros se han empeñado en metérnoslos por medio desde que Dédalo trazó el de Minos.

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Mira tú que yo sólo quería beberme un refresco, después llegaron las espirales y, por último, me metí en un laberinto. Como no sabía salir de él, pensé en probar a leer algo de mitología griega para, con suerte, toparme con alguna idea que salvara el post. Entonces, le pregunté a mi padre por los griegos y su parafernalia y él me recomendó un par de libros “Dioses y héroes de la antigua Grecia” de Robert Graves y “Dioses y héroes: mitos clásicos” del Aula abierta Salvat. He dejado pasar los días hasta terminarlos. Me han gustado; además, se leen en dos patadas, cosa que es un plus a su favor.

Y, lo que me ha quedado en claro es que si yo fuera un Teseo cualquiera, le pediría a la Adriadna de turno que me lanzara un ovillo mágico para que me guiase hasta una salida. Como no es el caso, saldré de este entuerto por peteneras. Así, resulta que Dédalo le construyó al rey Minos su famoso laberinto (en donde él encerró al minotauro). Mira tú por dónde, que Minos tenía a Dédalo hartico de trabajar, y éste se quería ir un tiempo de vaciones. Como el rey no le dejaba, decidió escaparse con unas alas que había inventado. Al final logra escaparse junto con su hijo Ícaro (lo que le ocurre a Ícaro es un tema de otro cantar), consiguiendo el asilo del rey Cócalo de Sicilia. Minos estaba que se subía de por las paredes por haber perdido a tal portento genio que le resolvía mil y un problemas; como nadie sabía dónde se había escondido Dédalo, Minos agudizó el ingenio y lanzó un acertijo trampa con un suculento premio para aquel que lo resolviera: A cambio de una bolsa de oro, ¿cómo pasar un hilo de lino a lo largo de la concha de un caracol? Nadie lo pudo resolver hasta que el rey Cócalo dio la solución (éste se lo había consultado a Dédalo, claro): “Mira, Minos, lo único que tienes que hacer es atarle un hilo de seda de araña a la pata de una hormiga y hacer que, gracias a una pizca de miel que has colocado en el otro extremo de la concha, la hormiga recorra toda la espiral. Una vez que ha salido, atas un cabello de mujer y tiras del hilo de seda de araña hasta sacar, a su vez, el pelo de mujer. Conseguido esto, atas el hilo de lino al pelo y tiras de él… y ya lo habrás conseguido”. Equilicuá… pensó Minos y le contestó a Cócalo: “¡Tú tienes a mi Dédalo! Por la gloria de tu madre, devuélvemelo finstro pecador de la pradera o atente a las consecuencias , ¡jarl!”… Lo que luego le ocurrió al torpedo de Minos no se lo deseo a nadie, pero esa historia me servirá para otro post, así que no te la cuento.

Creo he salido del entuerto, porque he conseguido encontrar el lazo de unión entre una espiral con Dédalo que, a su vez, diseñó uno de los laberintos más famosos de la antigüedad que, sin dudarlo, influyó en aquel de la catedral de Chartres que, por otra parte y tal y como he apostado, seguro que inspiró al diseñador de la carátula de mi edición del “nombre de la rosa”, y esa apuesta que tal vez vendría a darle un aire a aquel acertijo que en su día lanzó Minos… (bueno, sólo es un símil válido si somos benevolentes). Acertijos que dan que pensar o de vientre; pensamientos que, consecuentemente, se alimentan de tiempo y, para pasar el tiempo a gusto, ¿qué mejor que beber un Bitter Kas? Así, sorbito a sorbito, mirándolo de reojo para saborear el instante, para contenerse un poco y no terminarlo de un trago.

El anterior es un buen motivo para mirar de reojo; otro, y por qué no, sumándose con todo lo demás, viene de una frase que he leído hace poco no sé dónde: los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.

Croquetas

12 Marzo, 2009

Da igual cómo las llames: croquetas, cocretas, crocretas, cocretras… El otro día me lié la manta a la cabeza y me puese a hacer unas cuantas. Para ello, coges un par de cebollas, las picas bien y las pochas a fuego lento; en mi caso, como no tuve mucha paciencia y como me estaba bebiendo una cerveza, se me cruzaron los cables y le vertí a la cebolla un poco de cerveza y agua para que el asunto también cociera un poquito. Una vez que el líquido había reducido eché las virutas de jamón: vuelta y vuelta (sal no hace falta puesto que el jamón ya tiene, pero eso a gusto de cada uno).

Después, rehogué un par de cucharadas de harina en el sofrito y, a continuación, empecé a echarle poco a poco la leche (para no hacer grumos) mientras removía todo aquello con más poderío que arte. Cuando la masa tuvo una consistencia muy densa, la aparté del fuego y la dejé reposar media hora para que se enfriase. Tocaba el turno de darles forma. Con un par de cucharas cogía un trozo de masa, lo echaba en una bandeja con harina, le daba forma de chorizo; acto seguido le daba un remojón en huevo batido, luego otro revolcón por harina (fallo: lo suyo era haberlo hecho con pan rayado pero no tenía) y a la fuente para freírlas luego.

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El resultado es el que ves en la foto: se me quemaron un poco, y falló lo del pan rayado, pero no estaban mal del todo; las he probado peores y, para ser las primeras que hago, pues mira, me doy con un canto en los dientes por no haber tenido que echar mando del Almax.

Cabecero

2 Marzo, 2009

Ya dije que estaba haciendo el cabecero de la cama. Hacía tiempo que estaba buscando uno, pero venía a sucederme lo que siempre me suele ocurrir con este tipo de atrezzos: lo que hay, o bien no me gusta, o bien es extremadamente caro. Así que viendo el percal me acorde de una frase de Bukowski -creo que la puse en alguno de mis primeros posts- que venía a decir que si te defrauda lo que te ofrecen, lo mejor que puedes hacer es hacerlo por ti mismo. Y, bueno, ya que tenía manos y que sabía más o menos lo que quería… Por mi parte, a pesar de toda la arrogancia que va con la frase, créeme si te digo que no me cubrí de vanidad o de algo parecido: era más que consciente de que el resultado podía ser un churro más que un éxito y, como nunca en mi vida he tocado un palo, ni siquiera para darle al agua,  ni de lejos podía ser optimista; aunque, a modo de acicate, para clarear los nubarrones de dudas, recordaba que cuando hago alguna cosa, ésta casi nunca se convierte en un fiasco demasiado hiriente.  

Ya tenía decidido que lo iba a hacer, pero no el cuándo. Precisamente, ese cuándo me lo encontré de bruces al toparme en una tienda con una celosía de flores labradas. La tenían como adorno de pared, pegada a un trozo de madera pintada en plata. La compré, y lo primero que hice cuando llegué a casa fue separar a esa maravilla de aquella aberración. Lo siguiente fue ir a la ferretería para hacerme con algo de lija, betún de judea, de pinceles, de guantes de látex, de cera para muebles y de una especie de broca para el taladro que sirve para dar lustre.

A continuación, tenía que usar lo que había comprado: lijar, pintar, encerar, abrillantar con un trapo, pasarle el secador (de pelo) para fundir el exceso de cera y, por último, abrillantar con la cosa esa que le puse al taladro. O sea: horas, más horas, y respirar algo que parece que no es bueno. El resultado fue tan bueno que la celosía se pasó dos semanas en la terraza para que se le fuera el tufo que despedía a causa de los potingues que le había echado.

El siguiente paso era más complejo. Compre un tablón de 170×60 y cuatro listones de 8 centímetros de ancho (dos de 170 y otros dos de 60); además, los hice tornear para que el invento se asemejara a los muebles que ya tengo en el cuarto. A parte de eso, me hice con más lija, un buen regimiento de tornillos, cola de carpintero, masilla, un recambio de rodillo, tres frascos de tinte para madera (color sapelli que era el que más se parecía con lo que hay en el cuarto), un par de sprays de barniz satinado y un par de enganches para la pared, de esos que llevan los muebles de cocina.

Cuando tuve las maderas, de lo primero que me di cuenta es que las rectas paralelas divergen y que el concepto de dimensión es relativo: no cuadraba nada; cuando ponía los listones en el tablón, éstos sobresalían y, cuando ponía el borde del tablón a ras con el del listón, veía que no eran igual de rectos. Así que más que listones tenía tontones… Con un serrucho que le choriceé a mi padre recorté los excesos. Acto seguido atornillé los listones en el tablón y, con un cuchillo (sí, al no tener un cutter, me valí de un cuchillo que para un ratillo bien hace un apaño), hice que las divergencias de un milímetro fueran convergencias adimensionales. Los huecos de las juntas del marco los rellené con masilla y, luego, con la lija, lo dejé todo liso, suave y homogéneo.

Por mucho que te haya impresionado lo del cuchillo y por extraño que parezca, la astucia funcionó: no se nota para nada a pesar de que no fuera jamonero.

Sigo. En cuanto tuve toda la habitación llena de serrín, como no había suficiente mierda en el ambiente, cogí el secador del pelo y se lo pasé por todo el madero para quitar el serrín de allí. Tocaba tintar las maderas y el polvo es un incordio en esas ocasiones. Y ahí estaba pasando el rodillo por toda aquella inmensidad; una mano, otra mano, una tercera, y ¿por qué no una cuarta? En definitiva, no sé cuántas manos de tinte di. Paré cuando aquello tenía un color que se asemejaba más o menos al que buscaba. Cuando se secó, pasé un paño para eliminar el polvillo que se dejó el tinte y le pasé ¡cómo no! el secador del pelo…

Lo del barniz fue difícil al principio. Pequé por pardillo y por no leer. Resulta que el spray traía una protección en el pulsador de tal forma que, para poder usarlo, tenías que quitar una pequeña arandela de plástico que estaba colocada entre el bote y el pulsador. Yo, como soy un borrico, me dejé el dedo apretando como un animal hasta que conseguí que de allí saliera barniz (pulsaba con el dedo gordo de la mano que agarraba el bote y, con la otra, apretaba sobre mi maltrecho dedo). Después de sudar un rato por los esfuerzos, de llorar por mi dedo y, cuando gasté el primer bote, pensé que con el segundo la cosa no podía ser así, que algo hacía mal. Por eso me puse a leer el bote para ver qué demonios me podía estar pasando… y la causa ya te la he contado.

Cuando estuvo todo seco, sólo me quedaba atornillar la celosía. Este era un paso peligroso, porque tenía que taladrar el tablero en diez puntos muy concretos. Para ver dónde hacía los agujeros, antes de perder la vida midiendo, remidiendo, y calculando como cuadrar algo asimétrico (como atornillaba por una cara que no se ve, las medidas tenían que estar espejadas), me acorde de la “navaja de Occam”: la mejor solución de todas suele ser la más simple. Así que puse a prueba mi ingenio y, después de pensar un poquillo, me decanté por la solución más simple que se me ocurrió: uní tres o cuatro hojas de periódico, las tiré en el suelo, le coloqué encima la celosía y, tal y como hacen los niños con su mano, con un lápiz marqué todo el perfil; recorté el perfil, el papel resultante me sirvió para marcar la posición de los tornillos (le di la vuelta a la celosía y, encima de ella, con la plantilla fue coser y cantar); centré en el tablón el perfil de papel con los puntos del taladro marcados, cogí el taladro y taladré la madera, quité la plantilla de papel, cogí la celosía, cogí los tornillos y, por arte de magia, todo funcionó a la primera… ¡MARAVILLOSO!

cabecero

 

Después de todo esto, colgar el cabecero en la pared fue lo más fácil. El resultado ha sido mejor de lo que me esperé en un principio, aunque también tiene algunos defectos, pero hay que fijarse demasiado para darte cuenta. En fin, todo muy bonito, pero, ahora, límpialo todo. Haciendo cuentas he invertido casi trescientos leuros y más horas que un tonto; me lo he pasado bien, pero no repetiré.

Manos a la obra

12 Febrero, 2009

Más o menos me ha dado por hacer manualidades de las que te puedes encontrar en bricomanía. Y es que he pensado en hacerme el cabecero de la cama, aunque, ahora mismo, no sé cómo va a quedar e igual me sale el tiro por la culata (a pesar de que en la cabeza todo sale bien, la realidad puede resultar muy diferente). Voy por la mitad del trabajo y, como es demasiado engorroso de contar, esperaré hasta que lo haya terminado. Esta es una foto parcial, un poco movida, desenfocada por instantes, pero que me gusta.

 

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¿Está Usted de broma Sr. Feynman?

2 Febrero, 2009

Para quien no lo sepa, este hombre tocaba frigideira en una banda de samba, músico de bongos en una compañía de ballet, gran maestro en la pintura subrealista (pintó a una mujer torero desnuda), abridor de cajas fuertes, bromista incansable, premio Nobel de Física y desmoralizador cliente de cualquier vendedor de abacos. En serio, este tipo era absolutamente genial por su visión de las cosas, de la gente, por su lucidez mental y por su sentido del humor tan inteligente.

Esta autobiografía llena de anécdotas (transcripción de las conversaciones entre Richard P. Feynman con Ralph Leigthon) me lo recomendó un buen amigo. Lo estuve buscando en librerías sin mucho éxito hasta que me topé con él el otro día. Mi amigo tiene muchísima razón. El libro es increible, vamos, este hombre es increible. Me lo he leído en un santiamén y hacía años que no me reía tanto con un libro.

Como ejemplo, pongo la nota en la que Feynman, preocupado por haber sido declarado chalado por  el ejército americano, pide que reconsideren el peritaje (cuyo proceso también explica y que es harto divertido):

Muy Sres. míos:

       Considero que no debo ser reclutado, pues soy profesor de Física, y estimo que el futuro bienestar de nuestro país se deberá en parte a la capacidad de nuestros científicos. Sin embargo, puede que hayan ustedes decido declarame inútil a consecuencia de un informe médico donde se me da por psiquiátricamente desequilibrado. Estimo que a tal informe no debe atribuírsele la más mínima importancia, pues estoy seguro de que se trata de un burdo error.


       Llamo a ustedes la atención sobre este error, porque estoy lo suficientemente loco como para no querer aprovecharme de él.


     De ustedes s.s.
      R. P. Feynman.

Lo dicho: si lo puedes leer, hazlo. No te vas a arrepentir, te va a resultar bueno en todos los aspectos.

Lasagna bolognesa

2 Febrero, 2009

Una vez que te lanzas no paras, ¿para qué? Lo primero para hacer el plato es meterle mano al relleno. En una olla pochas cebolla picada y un poco de ajo. Hecho esto, echas la carne picada, una pizca de paté, un poco de sal y de pimienta; lo rehogas todo, viertes un poco de cognac y reduces hasta que no quede líquido (del cognac y de lo que suelta la carne).

Es el turno de la bechamel. Pochas cebolla pidada hasta que empiece a caramelizar, rehogas con ella un par de cucharadas de harina y viertes leche mientras mueves todo con arte y salero (ah, también le espurreas un poco de sal y de nuez moscada). Una vez que lo que se parece a una bechamel tiene cuerpo, le pasas la batidora para dejar la salsa con la textura adecuada. La salsa de tomate también es fácil. Pelas tres o cuatro tomates, los troceas bien, pones un poco de orégano, sal y lo fríes. Después de un rato meneando, ya la tienes (le añades un par de cucharadas de esta salsa a la carne picada).

El plato va llegando a su fin. Las láminas de pasta las cueces en abundante agua con sal y un poco de aceite. Los ocho minutos de cocción no te los quita nadie (ya sabes, limpias la cocina mientras tanto). Escurres el agua y secas las láminas con un paño.

Ahora viene lo más divertido; lo que queda es como montar un mecano. Un poco de bechamel en la base de un cuenco, una lámina de pasta, un morteraco de carne, otra lámina de pasta, una capa de bechamel, otra lámina de pasta, más carne, más pasta, más bechamel… Cuando te has cansado de montar la torre, echas la salsa de tomate por encima y lo espoloreas todo con un poco de queso rayado (para estas cosas el que más me gusta es el queso de bola holandés). Todo para el grill… et voilà!

lasagna
Escribiendo esto mientras veo llover por la ventana.