Archivos de la categoría ‘Sorpresas’

La señorita Trombón

4 Noviembre, 2009

Hoy quería hablar de la señorita Trombón y, sincerándome un poco, acabo de borrar todo lo que levaba escrito sobre ella porque estaba resultando demasiado ñoño. Así que ahora intentaré que sea la definitiva por la cuenta que me trae.

Después de tantísimos años, ¿qué puedo contarte de la señorita Trombón, si sólo la conocí de vista y cuando, ahora, no me queda más que un recuerdo difuso? Si aún sigues leyendo esto, empezaré por el nombre porque supongo que, a estas alturas, te habrá creado cierta intriga. Estoy seguro de que éste te resultará un tanto infantil y, tienes razón, ciertamente lo es; sólo a unos tontos o a unos niños –o a unos niños tontos- se les podía haber ocurrido el mote de “trombón”. Pero ocurre que, inevitablemente, sobre todo a ciertas edades, uno no tiene en el cuerpo ni tanta cabeza ni tanta sutileza como para andarse rizando el rizo. Por eso, en aquellos días debimos pensar que lo de “trombón” le venía como anillo al dedo a esta mujer y en cierto modo no nos faltaba razón: ella era muy gorda, y este instrumento musical se caracteriza por ser grande y pesado. Además, queriendo buscar un instrumento, teníamos pocas posibilidades puesto que un chaval de párvulos apenas si se conoce alguno -guitarras, pianos, trompetas, violines, trombones, tambores y para de contar-; así que no tuvimos elección, porque ése es de los que más gracia nos debió hacer por lo rimbombante de su nombre y por el sonido tan divertido que produce.

En cuanto a lo de “señorita”, lo tuvimos que poner sin dudarlo. Vino porque tenía que ser así y no desde una supuesta educación, puesto que, salvo las mujeres de la familia, aquellas que estaban cercanas a ésta, también las compañeras de clase –las unas eran madre, tías, hermanas, primas, abuelas, y las otras eran Eva, Paula, Teresa, Mercedes, Carmen, Laurita… a secas-, nosotros sólo conocíamos a señoritas, o sea, a las profesoras de la escuela. Así que la Trombón se quedó con lo de señorita por delante que, por cierto, ironías y crueldades a parte, era vieja.

Por eso, el nombrecito tenía su enjundia. Como te he dicho: gorda y vieja. Pero no queda ahí la cosa, para ponerle a alguien un mote, previamente, te ha tenido que llamar la atención para que así se cree la necesidad del sobrenombre. De esta forma, lo que más nos llamaba la atención no era que fuera ni gorda ni vieja ni fea ni los vestidos que llevaba, que parecían ser los descendientes de unas cortinas; ni que todas las mañanas, a la hora del recreo, se quedara en la verja para vernos jugar -esto me hace pensar que o tenía un nieto por ahí dando tumbos o que simplemente le gustaban los niños, aunque si supiera la panda de cabrones que éramos, otra cuenta se hubiera hechado-. No, no era nada de eso. Lo que sí nos impactaba era su maquillaje. Impresionaba el azul eléctrico que cubría sus párpados –como si realmente intentara emular a los brillos metálicos de un trombón-, o las aberraciones con forma de coloretes sobre sus mejillas, o las ingentes cantidades de carmín bermellón que le debían pegar los labios.

Desde aquel momento, cuando el maquillaje de alguna me llama la atención, me acuerdo de mi señorita Trombón. Tras la comparación, sin embargo, nunca he encontrado a otra que haya podido igualar el cuadro que con tanto esmero llevaba nuestra señorita encima de su cara. Créeme, alguna se le ha acercado mucho, pero, quizás por la idealización de conceptos que con el tiempo amasan algunos recuerdos, ninguna le ha podido destronar del primer puesto.

Han pasado unos veintiocho años desde que la vi por última vez. No sé que ha sido de ella, si ha fallecido o no; ni tampoco si era señora o señorita; ni si tenía nietos en el colegio o no; ni si sólo le gustaba vernos jugar o, simplemente, se fijaba en las hormigas del patio… Lo único que sé de la señorita Trombón es que, fuera quien fuera, le plantamos un gran mote.

Views from the afternoon

6 Octubre, 2009

Pues eso, la vista de un atardecer desde una de mis ventanas.

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Oyendo The Fixer y Got Some de Pearl Jam. ¡Vaya par de canciones!

Belief in the age of disbelief

21 Septiembre, 2009

Estaba el otro día ojeando una revista cultural, de ésas que vienen con algunos periódicos. La verdad es que no les preso demasiada antención, tanto, que sólo me dedico a mirar las fotos. Pero esta vez, aunque pasaba las páginas con rapidez, me detuve en la reproducción de un grabado. Simplemente me pareció genial. Se trataba de una de las láminas de Cyprien Gaillard que se exponen en el MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León). El grabado es el de un paisaje bucólico, como los que pudieron hacer, a principios del SXIX, los viajeros románticos ingleses, alemanes o franceses por los campos españoles (si puedes, léete el libro “Cosas de España” de Richard Ford que describe sus experiencias en España en 1830: hemos cambiado algo, pero el ajo lo seguimos usando como arma biológica para cualquier guiri y, si no, que se lo pergunten a Victoria Beckham, para quien “España huele a ajo”). Pero, aquí viene lo original, en mitad de ese paisaje idílico afloran enormes bloques de edificios -dignos de la costa mediterránea- que, curiosamente, a pesar de ser horrendos en realidad, en el grabado no desentonan y se muestran como si fueran templos.

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Niebla

15 Septiembre, 2009

La otra tarde cogí el coche para darme una vuelta por algunos pueblos del sur de Granada (Murtas, Albuñol…). Un amigo me comentó que me podía gustar. No por los pueblos en sí, que por lo visto no son nada del otro mundo, sino por el propio camino (él lo hizo en moto) y por las vistas que tiene: kilómetros y kilómetros de mar y de costas granadinas. Pues nada, manta, carretera y cámara con el objetivo de fotografiar una puesta de sol sobre el mar desde lo alto de una colina. Bajé a Órgiva y desde allí, subí y subí serpenteando por una carreterilla desierta que me llevó hasta la cresta de una montaña –en donde me habían dicho que estaba el paisaje-. Sin embargo, durante la subida, pronto apareció la niebla; así que de vistas, nada. No me pareció mal tampoco y, en cierto modo, hasta lo agradecí. Porque, en este lugar, más sólo que la una, bajé las ventanillas para notar el aire fresco y éste a su vez me hizo olvidar los calores que tenemos en la ciudad; lo hice, también, para que entraran la humedad de la nube y los olores de la tierra húmeda, de los hierbajos silvestres y de un mar que estaba cerca pero que no se podía ver.

La pantalla del GPS estaba llena eses que salían y entraban, con la flecha apuntando como loca de un lado para otro porque nunca había una dirección constante; y yo le decía al aparato que no se preocupase, que me daba igual si se equivocaba o no. Conducía a placer, cambiando de segunda a tercera cada dos por tres, sin música, puesto que el ronroneo del motor es más que suficiente en estos casos. En una de éstas vi a un perro de aguas, estupendo, solo, y también en mitad de la carretera. Nos saludamos y los dos seguimos a lo nuestro. Al rato me topé con la razón del chucho solitario: sus ovejas y el pastor, o sea, el dueño de las ovejas y del perro. ¡Cómo no!, todos en mitad de la carretera. El buen hombre me preguntó algo que no entendí y que supuse como la hora puesto que señaló con un dedo sucio su muñeca sucia. Son las ocho –le dije- y tanto él como sus ovejas y yo seguimos a lo nuestro -adiós, buenas tardes-. Anduve un poco más, hasta que pensé bien las cosas y me di la vuelta: total, con la niebla no se podía ver nada… Por eso, al rato volví a saludar al pastor y luego a su perro (si tuviera una casa con jardín y si tuviera menos escrúpulos, hubiera dejado al pastor sin perro). En total hice 160Km, tres fotos y el mar lo dejaré para la próxima.

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Oyendo White Shadows de Coldplay.

Caminando por Sierra Nevada

8 Septiembre, 2009

Éramos cuatro, la excursión duró dos jornadas por lo que tuvimos que pasar la noche al raso y a una altitud de unos 3000m. En total andamos unas 11h. De ellas, vendrían a ser unas 5h durante el primer día, o sea, unos 15Km (pasando de 2000m a 3000m de altura), con 20Kg a la espalda y desde el atardecer hasta más allá del ocaso, pero con linternas para caminar en la oscuridad. El segundo día pateamos el resto, 6h, o sea, unos 24Km (pasando de 3000m a 1300m), con menos peso sobre la espalda y desde el amanecer hasta el medio día.

Lo mejor de las dos jornadas fue el paisaje, tanto el terrestre como el extraterrestre. Lo digo, porque, sobre la tierra, el paisaje era espléndido, interminable y curiosamente marciano por la cantidad de montañas de piedra y de piedras que nos rodeaban. Aunque esa imagen monótona se rompía de vez en cuando a causa de los pocos neveros que aparecían durante el camino y, conforme se descendía en altitud, por las hierbas silvestres y el agua cristalina que daban algo de color sobre un fondo gris. En cuanto al paisaje extraterrestre, me refiero al cielo de noche, sin luna, y limpio de cualquier luz eléctrica parásita (permíteme que también considere la ausencia de luz como algo extraterrestre). Pasaron varias estrellas fugaces, puede que reminiscencias de las lágrimas de San Lorenzo, y la vía láctea ¡se podía ver! Galaxias y estrellas, y más estrellas y más galaxias, muchas con nombre, seguro que otras sin él y, aunque mi dedo y mi vista no supieran quién era quién, todas estaban allí haciéndose notar.

Lo que te diga, muy bonito, pero de dormir, nada de nada, por la falta de costumbre de hacerlo en un saco, por el frío (unos 5ºC), y por el pensamiento fugaz de unos zorros merodeando. A decir verdad, también rondaba una especie de araña bastante fea y bien criada, pero temía más el lametón de un zorro.

En cuanto a la forma física. El primer día no tuve problema alguno. En cambio, al final del segundo día, los tres o cuatro últimos kilómetros los hice cojeando porque mi rodilla derecha me dijo “hasta aquí hemos llegado, pedazo burro, burro, más que burro”; Ese día fue muy duro, porque bajar andando cansa mucho, para mí más que subir. Por eso, como había partes que tenían mucha pendiente, ésas las bajábamos corriendo para evitar cargar aún más a los músculos o para pasar rápido el mal trago o para hacer el tonto.

Nada, al final uno se rinde a lo que todo lo cura: tres cervezones bien helados cuando arribamos a la civilización y, luego, en casita; después hay que dormir 14h sin parar y reposar durante tres días las agujetas de las piernas. Aunque, menos mal, con la rodilla totalmente recuperada tras el sueño. Y tampoco he perdido uñas ni me han salido ampollas (lo uno y lo otro es raro en mí).

Como nota y como cosa pendiente por hacer en el futuro, puede que el próximo verano no esté mal hacer lo mismo que les he visto hacer a otros este año: Serían las cinco de la mañana; de pronto se oyeron las voces de tres o cuatro ciclistas rodando por una pista que pasaba a nuestra vera. Y es que recuerdo que ése era uno de los retos de mi época universitaria y que, quizás, con buen criterio no hice: una etapa nocturna en bici, ya fuera por el monte o por un desierto. Tiene que ser de noche, porque de día ya lo he hecho un par de veces, aunque esa sea otra historia que ya contaré.

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Ycomo allá arriba casi todo fueron piedras, me he acordado de una poesía de Juan Ramón Jiménez:

“El cielo pesa lo mismo
que una cantera de piedra.
Sobre la piedra del mundo
son de piedra las estrellas.

  ¡Esta enorme cargazón
de piedra encendida y yerta!
Piedras las estrellas todas,
piedras, piedra, piedras, piedra.

  Entre dos piedras camino,
me echo entre piedra y piedra;
piedras debajo del pecho
y encima de la cabeza.

  Y si quiero levantarlas,
me hiere la piedra eterna;
si piso desesperado,
sangro en la piedra terrena.

  ¡Qué dolor de alma, piedra;
carne, qué dolor de piedra;
qué cárcel la noche, piedra
cercada y cerca de piedra!

  Con tu piedra me amenazas,
destino de piedra y piedra.
Con tu piedra te daré
en tu corona de piedra”.

Oyendo Hardest Part de Coldplay.

El bicho palo

13 Julio, 2009

Es un insecto y a éste me lo encontré el otro día cuando descansaba tras una buena subida con la bici. Lo descubrí porque vi un movimiento raro entre unas briznas de paja, las observé mejor y allí estaba él, como quien no quiere la cosa, poniéndose moreno o acojonado de mi presencia. Era sorprendente el mimetismo de su figura con la propia hierba seca, llegando al extremo de sus alas que imitaban los trazos de una hoja despedazada por el sol. Le saqué una foto mala con el móvil pero te juro que se le puede distinguir allá abajo.

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Por lo demás, creo que el animal era una mantis. Pensando en ello, por su bien, espero que fuera una hembra y, si fuera macho, le desearía que aprovechara el tiempo todo lo que pudiera hasta el día que le dé por dejar descendencia.

¡Pasen y vean, señoras y señores!

30 Junio, 2009

Resulta que el otro día me regalaron un espectáculo de miedo con la compra de un toldo. Bueno, el toldo lo compraron mis padres para su casa, pero al no poder estar ellos para cuando su montaje, ahí estaba yo, disfrutando en primera fila de la función. Nunca he pasado tanto canguelo por la vida de otro, ni siquiera a los cinco años, en el circo, cuando el Ángel Cristo de turno se jugaba la cabeza dentro de las fauces de un bicho. De todas formas, éste es un mal ejemplo, porque por mucho que diga Miliki, a mí el circo siempre me ha parecido un auténtico coñazo y lo poco que he visto ha sido en la tele justo antes de cambiar de canal.
 
A lo que iba. Después de varios días en los que me dieron la brasa para poder organizar la cita, llegan los dos tipos con el toldo a cuestas. Menos mal que fueron puntuales, lo digo porque estoy seriamente defraudado por los servicios “profesionales” que últimamente me han tocado sufrir. Ya en la habitación, el jefecillo quita las hojas de la ventana y veo que, de golpe, se pone de pie en el alféizar sin protección alguna, casi de un salto, agarrándose únicamente a la caja de la persiana, y como parecía que iba sobrado, lo hace con una mano para que el resultado fuera más emocionante. Para mear y no echar gota.

No creas que hablamos de un entresuelo, es un tercero con un guarrazo de diez metros, o lo que es lo mismo, un choque inelástico contra el suelo a unos 50Km/h. El hombre tan pancho, ahí, quitando el toldo viejo, con un taladro en una mano, con la otra sujetándose vaporosamente y sólo porque su centro de masas estaba medio metro fuera de la vertical, y con el cigarrillo en los labios, a lo Harry el sucio. Con un par. Únicamente, al descolgar el toldo viejo, su discípulo le ayudó puesto que antes estuvo quitando los plásticos que envolvían al nuevo; aunque, después, lo volvió a dejar a su aire, como a los genios. Creo que el artista no se atrevió con la gallinita coja para no recargar el espectáculo. Se notaba que era todo un maestro en su oficio; al no hacerlo con sólo una pierna evitaba que su arte pasara de la más sublime elegancia a la vulgaridad más penosa. Lo que yo te diga, todo un sabio.

Es verdad que todo el proceso no les llevó más de veinte minutos, pero qué miedo pasé yo por este par de desgraciados. Al principio no podía mirar, más que nada porque tenía suficiente con imaginar en cómo se resbala y se iba para abajo, en un grito de los que hiela la sangre y, un instante después, el sonido sordo del choque contra el cemento. Aquello me producía un tedioso desasosiego y me fastidia mucho tener que sufrir por este par imbéciles. De hecho, hubo un momento en el que me salí de la habitación cagándome en todo lo que se meneaba. Al instante, hice de tripas corazón; volví para ver qué hacían y por si necesitaban de mi ayuda, pero siempre despotricando mentalmente. También aproveché para preguntarles la causa de por qué no se ponían un arnés ni nada de nada. Supongo que los dos hombres estaban orgullosos de su pericia, por eso, quizás chuleándome discretamente ante tufo a espanto que debía expeler mi cara y por mis palabras de buen samaritano, me dijeron que sólo si fueran a tardar más se pondrían el arnés para que no viniera nadie y les echara una foto. La madre que los trajo.

No sé quién tiene la culpa, si los padres de las criaturicas, ellos mismo, el empresario, el estado o yo. Los primeros por malcriar a unos grandísimos botarates, los unos por no hacerle caso a lo evidente; el otro en liza, o bien por presionar a los unos para que estos hagan el mayor número de “pases”, o bien por ahorrar costes en formación y material, o bien por ignorar lo que hacen sus empleados. El penúltimo, junto con los sindicatos, por no poner controles más severos y por no formar lo necesario. Y el último de la lista, por permitir una cosa así en su propia casa.  Menos mal que no pasó nada, les pagué, y me quité un peso de encima en cuanto se largaron. Ya te digo, me regalaron un auténtico espectáculo: ver para creer.

Cinco horas con Mario

18 Junio, 2009

Es para quitarse el sombrero ante Miguel Delibes, menudo libro es éste. Me ha gustado desde el principio hasta el final. Toda la trama transcurre en el velatorio de Mario, el muerto. Allí, cuando la viuda se retira un rato para descansar, le empieza a reprochar al difunto todas las penurias que ha pasado por culpa suya. Apenas si hay diálogos, casi toda la obra se limita a una transcripción literal de los pensamientos de Carmen, la mujer de Mario, y así, como sucede con los pensamientos o al menos en los míos, se embarruntan  frases que van y vienen, estribillos, y anécdotas recurrentes desde el inicio hasta el final.

Después de todo, me ha quedado medio claro, ya que sólo se puede conocer la versión de Carmen, que Mario la maltrataba puesto que la ignoraba al no preocuparse por los pequeños caprichos de su esposa, justos la mayoría de ellos. Como ejemplos, ella le había pedido mil veces que se comprara un coche, aunque sólo fuera un seiscientos. Mil veces quiso que le leyera los poemas que Mario le había escrito, pero sin ningún éxito; otras mil veces que escribiera un libro “con sentido”, de lo que todo el mundo entiende “de amor”, por ejemplo, y no cualquiera de sus libros infumables que no entendía “nadie”. Tampoco le perdonaba que tuviera más en cuenta a sus amigotes de bar que a ella, o que no le contara algo de sus antiguos amores o que no hicieran el amor en la noche de bodas porque “le daba vergënza”…

Sin embargo, por la forma de pensar de Carmen, Mario también debió ser un maltratado. Siendo él un hombre culto, comprometido con la sociedad y el mundo que le rodeaba, que trataba a todas las personas con justa dignidad (salvo a su esposa) contrasta con la forma de pensar de su esposa: una persona axfisiantemente de pensamientos rígidos y caducos, machista, que vive del qué dirán, con un concepto sesgado de la gente a las que sólo distingue entre ricos y pobres, y que desprecia en cierto modo aquello que signifique conocimiento… Por eso, me parece un matrimonio de sordos en donde los dos sufrían por no intentar escucharse ni ceder un poco ni ponerse el uno en el lugar del otro.
En fin, está escrito de una manera estupenda y, escarbando un poquito, aparecen grandes trazas de humor negro, de humor inocente como contrapunto, y una descripción extremadamente realista de todas las escenas.

“Las barbas de Moyano y su palidez de muerto hacían bien en el velatorio. En cambio, el mechón albino de Valen, denotaba. “Cuando me lo dijeron no podía creerlo. Si le vi ayer”. Carmen se inclinaba y la besaba en las dos mejillas. En realidad no se besaban, cruzaban estudiadamente las cabezas, primero el lado izquierdo, luego el derecho, y besaban al aire, tal vez algún cabello desmandado, de forma que una y otra sintieran los chasquidos de los besos pero no su efusión”.

Road trippin’

18 Junio, 2009

Como la canción de los RHCP, este post va de un viaje. Vistas a pie de carretera dirección Abisko. Las imágenes que te dejo lo dicen todo.

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Masaje capilar

4 Junio, 2009

El otro día me estaba cortando el pelo y en éstas veo un cartelón que ofertaba un masaje capilar junto con un bote de acondicionador de regalo. Todo por seis euros. Pensé que la cosa era fiel al dicho de lo comido por lo servido, más un masaje de regalo, porque venía a costar lo que vale un bote de acondicionador, algo que uso todos los días. De todos modos, como nunca había probado eso del masaje capilar, le pregunté al peluquero de qué iba la historia. No necesitó mucho para convencerme, lo hice más por el bla, bla, bla que para saber.

Ya en faena, al principio me reí. Sí, una actitud un poco gilipollas, pero no me pude conter cuando al tipo va y me pone sobre la cabeza mojada uno de esos artilugios –que yo antes sólo había visto en los puestos de los mercadillos- que consisten en una especie de rastrillo cónico de púas largas de metal. No obstante, en cuanto se me pasó la risa floja, me di cuenta de que aquel cacharro relaja una barbaridad. Además, el acondicionador tenía mentol con lo que la cabeza pasaba de tener un calorcillo refrescante a un frescor no menos cálido.

Después del rastrillo, el peluquero empezó a amasarme el cuero cabelludo. El colega me dijo que inevitablemente se me iban a caer cien pelos y yo, como soy precavido, con cuidado fui mentalmente contando cada uno de los tirones, uno tras otro, hasta que conté ciento uno.

Luego, después de aclarar, de secarme el pelo y de peinarme, me fui a casa más contento que un niño con un par de zapatos nuevos, con la cabeza bien fresquita y un bote del susodicho engrudo bajo el brazo. En cuanto a los efectos del acondicionador, a parte del efecto mentolado frío-calor, ha sido éste uno de los pocos que ha tenido esa extraña virtud de que, cuando apoyo la cabeza sobre la mano, ésta se resbala; fenómeno que ya ha provocado que me dé un par de ilustres calamonazos contra la mesa. En fin, buen descubrimiento, aunque seguro que voy por ahí echando un tufo a chicle…