Continúo el rollo por donde lo dejé el otro día. Que yo sepa, después de La misteriosa llama de la reina Loana, Umberto Eco no ha escrito más novelas. En cambio, al menos sí ha publicado dos estudios. El primero trata sobre la historia de la fealdad, que aún no he comprado, y el segundo, que sí, va de la historia de la belleza occidental. Es un buen libro, aunque la edición no está demasiado cuidada para lo que cuesta –más o menos una libra de mi carne que, por pasar a mejor vida, ha dejado de soportar ciertos errores tipográficos-. Algo bueno de esta obra es que está llena de ilustraciones, de textos de filósofos y de otro tipo que añaden claridad a lo que se explica. El objetivo del libro es contar la concepción que hemos tenido de lo que es bello a lo largo de nuestra historia, desde la antigua Grecia hasta la actualidad. Concepto que se ha ido mostrando tanto en las artes figurativas como en la escritura, en la filosofía e, incluso, en las máquinas y en las latas de sopa.
Si lo lees y no lo sabes aún, verás que el concepto de la belleza es algo voluble que no sólo depende de la época histórica en la que se sitúa, sino que también lo hace de quien la percibe y, del mismo modo, si quien la mira lo hace con los ojos de hoy o lo hace con los de ayer; con los ojos del cuerpo o con los de la razón. A continuación te dejo algunos ejemplos de belleza: una selección limitada de algunos de los muchos conceptos que han existido a lo largo de nuestra historia.
Desde un punto de vista clásico, bello puede ser aquello que satisface a nuestros sentidos y, por tanto, viene a ser lo que se ama. De todas formas, según Safo, “quien es bello lo es mientras está bajo los ojos; quien además es bueno, lo es ahora y lo será después”. Por eso, el ideal griego en la escultura será buscar la belleza en la armonía entre la bondad de espíritu y de las formas.
Habrás visto que en muchas iglesias de la Edad Media se representaban figuras monstruosas en pórticos y capiteles. Sucede que lo feo es un concepto relativo, pero necesario, para explicar la belleza. En esa época entienden que existe lo feo porque existe lo bello y, de no existir este último, no podrá subsistir lo feo puesto que es la negación de lo bello. Digamos que lo feo es el efecto, pero no la causa; por eso, durante la Edad Media, lo bello es percibido como la idea divina originaria, lo feo como la negación de lo bello y, al ser su oposición, la existencia de éste es secundaria (el ideal de belleza es necesario para el hombre y la fealdad nace por contraposición, para que lo creado tenga armonía). Del mismo modo ocurrirá con el concepto de mal: el mal en el orden se vuelve bello y bueno porque de él nace el bien.
Los hombres del Renacimiento encuentran la belleza en la imitación de la naturaleza mediante ciertas reglas científicas. De esta forma, nace la perspectiva o se vuelve a representar al hombre usando los cánones geométricos del cuerpo humano. Pero, a parte de la imitación, la belleza también se percibe como una fantasía, como la contemplación de algo sobrenatural que no es perceptible visualmente y que requiere una inventiva. Un ejemplo lo podemos ver en Leonardo da Vinci y su técnica del “sfumato” que hace que las caras femeninas de sus obras tengan una belleza enigmática.
En el Barroco la belleza se justifica con el gusto aristocrático del abandono a la dulzura de vivir, con el pensamiento de que la belleza está más allá del bien o del mal ya que lo bello se puede expresar a través de lo feo, lo verdadero a través de lo falso o la vida a través de la muerte; por eso la belleza inmóvil e inanimada del clasicismo desaparece y es sustituida por una exuberante belleza que no respeta cánones rígidos.
En cambio, en el Neoclasicismo la belleza vuelve a ser sierva de la razón, de la disciplina y del cálculo, pero, ahora, a diferencia del Renacimiento, la belleza que se impone es la “realmente” clásica; se admira el rigor extremo y, como una consecuencia más, estalla la pasión por la arqueología entendida desde un punto de vista científico (el rigor incluye tanto el arte como la ciencia, piensa en las primeras instituciones científicas y en las relaes academias); se descubre que el clasicismo del Renacimiento se refería a la época de decadencia de la cultura clásica. Por eso se busca el estilo originario del clasicismo y se rompe con todos los estilos y prejuicios tradicionales a favor de una mayor libertad expresiva, basada en cualidades internas del propio artista: el subjetivismo. Citando a Hume a cerca del subjetivismo, “la belleza no es una cualidad de las cosas mismas: existe tan sólo en la mente del que las contempla y cada mente percibe una belleza distinta”; y Kant señala a la experiencia estética de cada uno como la causa del placer desinteresado que se produce en quien contempla algo bello.
Dentro de esta experiencia personal aparece el concepto de sublime que está muy por encima del de la belleza. Ahora se entiende que algo que es bello puede ser disfrutado sin que se desee poseerlo, que no está basado en razonamientos estéticos, pero sí en sentimientos (no hay un juicio estético que diga que todas las flores son bellas y, en cambio, si decimos que una lo es, lo será porque así lo sentimos). En cambio, lo sublime tiene una dimensión que supera nuestra naturaleza física. Kant considera dos acepciones para lo sublime: el matemático y el dinámico. En el “sublime matemático”, lo que vemos nos hace pensar que estamos sintiendo algo que es superior a nuestra sensibilidad, algo que nos lleva a imaginar más que a sentir (un ejemplo es la contemplación de un cielo estrellado que nos puede inducir a pensar en la creación del mundo o en la idea de libertad; cosas que nuestra inteligencia no puede demostrar). En el “sublime dinámico” lo que nos conmueve es la contemplación de una infinita potencia (y no la infinita vastedad del sublime matemático), siempre que estemos a salvo de cualquier daño (un ejemplo es la contemplación de una gran tormenta que nos acongoja por su magnitud, pero que hace que generemos un sentimiento de “grandeza moral” por esquivar sus envites).
En el Romanticismo recibe forma con la idea del “je ne sais quoi” de Rousseau. Ese “no se qué” viene a explicar el movimiento emocional que sufre el ánimo del espectador cuando observa algo bello y que éste no lo puede expresar con palabras. De esta forma, se ataca al concepto de belleza clásico puesto que se le considera artificial. Ahora se piensa que el hombre moderno no es el resultado de una evolución, sino de una degeneración de la pureza originaria; por eso hay que luchar contra la civilización, no con las armas de la razón puesto que también está degenerada, sino con las armas incorruptas del sentimiento, de la naturaleza y de la espontaneidad que se hallaba originariamente en el hombre. En definitiva, la belleza romántica muestra un estado de ánimo que no es capaz de resistir a la fuerza de las pasiones. Por eso, los románticos continuarán con la idea de “sublime” e intentarán representar esa sensación que tienen ante la naturaleza: tempestades, llanuras interminables o sentimientos exasperados.
Los impresionitas encuentran que lo verdadero de las cosas existe únicamente durante el primer instante en el que se perciben, justo antes del momento en el que inteligencia comienza a procesar la información. Así, lo que intentan reproducir estos artistas son las impresiones que obtienen durante una determinada hora del día (por ejemplo, la famosa serie de cuadros de la catedral de Rouen de Monet) o las diferentes intensidades de los colores de un paisaje (véase la eternidad de las figuras de Van Gogh). Es el motivo por el que crean nuevas técnicas pictóricas y de perspectiva que se adaptan, inicialmente, al ideal de belleza y que, al final, prescinden incluso de ese ideal originario de belleza para poder entender el arte como un instrumento de conocimiento.
En siglo XX aparecen al Art Nouveau y el Art Déco. En el primero, la ornamentación se une a la funcionalidad del objeto, en otras ocasiones se distorsiona al propio objeto (estilización de las figuras), y en otras, la belleza interior se proyecta en el exterior (por ejemplo, la ropa muestra hacia el exterior la figura y sensualidad de la mujer). El segundo hereda los rasgos de abstracción y distorsión del Art Nouveau, pero orientado a un funcionalismo más marcado. El Art Decó recibe también los motivos iconográficos del Art Nouveau como lo son las flores estilizadas y las mujeres jóvenes, pero siempre subordinando el diseño a la función.
Para lo bello de hoy en día, no hay nadie mejor que tú para explicarlo o, en todo caso, serán las generaciones futuras quienes se encargarán de hacerlo. En cambio, me parece interesante el concepto de belleza con el que nos bombardean los medios de comunicación (tendencia de masas): para una tesis hay una antítesis con tal de “democratizar” lo que se vende (supongo que solo se pretende vender, y cuanto más mejor). Piensa en la belleza de las modelos hiperdelgadas como Kate Moss, Esther Cañadas o Laura Ponte, pero al mismo tiempo también se nos inunda con las buenas curvas de Naomi Campbell, Giselle Bündchen y Beyonce (con los actores sucede otro tanto: la belleza aristocrática de Keira Knightley o la belleza de andar por casa de la novia de América: Sandra Bullock ). Lo mismo ocurre con los bienes de consumo; por ejemplo, están los coches de diseño futurista como el BMW X6 y, curiosamente, el mismo vendedor te puede ofrecer las formas retro de un Mini.

















