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Historia de la Belleza II

14 Diciembre, 2009

Continúo el rollo por donde lo dejé el otro día. Que yo sepa, después de La misteriosa llama de la reina Loana, Umberto Eco no ha escrito más novelas. En cambio, al menos sí ha publicado dos estudios. El primero trata sobre la historia de la fealdad, que aún no he comprado, y el segundo, que sí, va de la historia de la belleza occidental. Es un buen libro, aunque la edición no está demasiado cuidada para lo que cuesta –más o menos una libra de mi carne que, por pasar a mejor vida, ha dejado de soportar ciertos errores tipográficos-. Algo bueno de esta obra es que está llena de ilustraciones, de textos de filósofos y de otro tipo que añaden claridad a lo que se explica. El objetivo del libro es contar la concepción que hemos tenido de lo que es bello a lo largo de nuestra historia, desde la antigua Grecia hasta la actualidad. Concepto que se ha ido mostrando tanto en las artes figurativas como en la escritura, en la filosofía e, incluso, en las máquinas y en las latas de sopa.

Si lo lees y no lo sabes aún, verás que el concepto de la belleza es algo voluble que no sólo depende de la época histórica en la que se sitúa, sino que también lo hace de quien la percibe y, del mismo modo, si quien la mira lo hace con los ojos de hoy o lo hace con los de ayer; con los ojos del cuerpo o con los de la razón. A continuación te dejo algunos ejemplos de belleza: una selección limitada de algunos de los muchos conceptos que han existido a lo largo de nuestra historia.

Desde un punto de vista clásico, bello puede ser aquello que satisface a nuestros sentidos y, por tanto, viene a ser lo que se ama. De todas formas, según Safo, “quien es bello lo es mientras está bajo los ojos; quien además es bueno, lo es ahora y lo será después”. Por eso, el ideal griego en la escultura será buscar la belleza en la armonía entre la bondad de espíritu y de las formas.

Habrás visto que en muchas iglesias de la Edad Media se representaban figuras monstruosas en pórticos y capiteles. Sucede que lo feo es un concepto relativo, pero necesario, para explicar la belleza. En esa época entienden que existe lo feo porque existe lo bello y, de no existir este último, no podrá subsistir lo feo puesto que es la negación de lo bello. Digamos que lo feo es el efecto, pero no la causa; por eso, durante la Edad Media, lo bello es percibido como la idea divina originaria, lo feo como la negación de lo bello y, al ser su oposición, la existencia de éste es secundaria (el ideal de belleza es necesario para el hombre y la fealdad nace por contraposición, para que lo creado tenga armonía). Del mismo modo ocurrirá con el concepto de mal: el mal en el orden se vuelve bello y bueno porque de él nace el bien.

Los hombres del Renacimiento encuentran la belleza en la imitación de la naturaleza mediante ciertas reglas científicas. De esta forma, nace la perspectiva o se vuelve a representar al hombre usando los cánones geométricos del cuerpo humano. Pero, a parte de la imitación, la belleza también se percibe como una fantasía, como la contemplación de algo sobrenatural que no es perceptible visualmente y que requiere una inventiva. Un ejemplo lo podemos ver en Leonardo da Vinci y su técnica del “sfumato” que hace que las caras femeninas de sus obras tengan una belleza enigmática.

En el Barroco la belleza se justifica con el gusto aristocrático del abandono a la dulzura de vivir, con el pensamiento de que la belleza está más allá del bien o del mal ya que lo bello se puede expresar a través de lo feo, lo verdadero a través de lo falso o la vida a través de la muerte; por eso la belleza inmóvil e inanimada del clasicismo desaparece y es sustituida por una exuberante belleza que no respeta cánones rígidos.

En cambio, en el Neoclasicismo la belleza vuelve a ser sierva de la razón, de la disciplina y del cálculo, pero, ahora, a diferencia del Renacimiento, la belleza que se impone es la “realmente” clásica; se admira el rigor extremo y, como una consecuencia más, estalla la pasión por la arqueología entendida desde un punto de vista científico (el rigor incluye tanto el arte como la ciencia, piensa en las primeras instituciones científicas y en las relaes academias); se descubre que el clasicismo del Renacimiento se refería a la época de decadencia de la cultura clásica. Por eso se busca el estilo originario del clasicismo y se rompe con todos los estilos y prejuicios tradicionales a favor de una mayor libertad expresiva, basada en cualidades internas del propio artista: el subjetivismo. Citando a Hume a cerca del subjetivismo, “la belleza no es una cualidad de las cosas mismas: existe tan sólo en la mente del que las contempla y cada mente percibe una belleza distinta”; y Kant señala a la experiencia estética de cada uno como la causa del placer desinteresado que se produce en quien contempla algo bello.

Dentro de esta experiencia personal aparece el concepto de sublime que está muy por encima del de la belleza. Ahora se entiende que algo que es bello puede ser disfrutado sin que se desee poseerlo, que no está basado en razonamientos estéticos, pero sí en sentimientos (no hay un juicio estético que diga que todas las flores son bellas y, en cambio, si decimos que una lo es, lo será porque así lo sentimos). En cambio, lo sublime tiene una dimensión que supera nuestra naturaleza física. Kant considera dos acepciones para lo sublime: el matemático y el dinámico. En el “sublime matemático”, lo que vemos nos hace pensar que estamos sintiendo algo que es superior a nuestra sensibilidad, algo que nos lleva a imaginar más que a sentir (un ejemplo es la contemplación de un cielo estrellado que nos puede inducir a pensar en la creación del mundo o en la idea de libertad; cosas que nuestra inteligencia no puede demostrar). En el “sublime dinámico” lo que nos conmueve es la contemplación de una infinita potencia  (y no la infinita vastedad del sublime matemático), siempre que estemos a salvo de cualquier daño (un ejemplo es la contemplación de una gran tormenta que nos acongoja por su magnitud, pero que hace que generemos un sentimiento de “grandeza moral” por esquivar sus envites).

En el Romanticismo recibe forma con la idea del “je ne sais quoi” de Rousseau. Ese “no se qué” viene a explicar el movimiento emocional que sufre el ánimo del espectador cuando observa algo bello y que éste no lo puede expresar con palabras. De esta forma, se ataca al concepto de belleza clásico puesto que se le considera artificial. Ahora se piensa que el hombre moderno no es el resultado de una evolución, sino de una degeneración de la pureza originaria; por eso hay que luchar contra la civilización, no con las armas de la razón puesto que también está degenerada, sino con las armas incorruptas del sentimiento, de la naturaleza y de la espontaneidad que se hallaba originariamente en el hombre. En definitiva, la belleza romántica muestra un estado de ánimo que no es capaz de resistir a la fuerza de las pasiones. Por eso, los románticos continuarán con la idea de “sublime” e intentarán representar esa sensación que tienen ante la naturaleza: tempestades, llanuras interminables o sentimientos exasperados.

Los impresionitas encuentran que lo verdadero de las cosas existe únicamente durante el primer instante en el que se perciben, justo antes del momento en el que inteligencia comienza a procesar la información. Así, lo que intentan reproducir estos artistas son las impresiones que obtienen durante una determinada hora del día (por ejemplo, la famosa serie de cuadros de la catedral de Rouen de Monet) o las diferentes intensidades de los colores de un paisaje (véase la eternidad de las figuras de Van Gogh). Es el motivo por el que crean nuevas técnicas pictóricas y de perspectiva que se adaptan, inicialmente, al ideal de belleza y que, al final,  prescinden incluso de ese ideal originario de belleza para poder entender el arte como un instrumento de conocimiento.

En siglo XX aparecen al Art Nouveau y el Art Déco. En el primero, la ornamentación se une a la funcionalidad del objeto, en otras ocasiones se distorsiona al propio objeto (estilización de las figuras), y en otras, la belleza interior se proyecta en el exterior (por ejemplo, la ropa muestra hacia el exterior la figura y sensualidad de la mujer). El segundo hereda los rasgos de abstracción y distorsión del Art Nouveau, pero orientado a un funcionalismo más marcado. El Art Decó recibe también los motivos iconográficos del Art Nouveau como lo son las flores estilizadas y las mujeres jóvenes, pero siempre subordinando el diseño a la función.

Para lo bello de hoy en día, no hay nadie mejor que tú para explicarlo o, en todo caso, serán las generaciones futuras quienes se encargarán de hacerlo. En cambio, me parece interesante el concepto de belleza con el que nos bombardean los medios de comunicación (tendencia de masas): para una tesis hay una antítesis con tal de “democratizar” lo que se vende (supongo que solo se pretende vender, y cuanto más mejor). Piensa en la belleza de las modelos hiperdelgadas como Kate Moss, Esther Cañadas o Laura Ponte, pero al mismo tiempo también se nos  inunda con  las buenas curvas de Naomi Campbell, Giselle Bündchen y Beyonce (con los actores sucede otro tanto: la belleza aristocrática de Keira Knightley o la belleza de andar por casa de la novia de América: Sandra Bullock ). Lo mismo ocurre con los bienes de consumo; por ejemplo, están los coches de diseño futurista como el BMW X6 y, curiosamente, el mismo vendedor te puede ofrecer las formas retro de un Mini.

Historia de la belleza

9 Diciembre, 2009

Es el título de un libro de Humberto Eco que acabo de terminar. De él me he leído todas sus novelas; desde El nombre de la rosa, siguiendo por La isla del día después, El péndulo de Foucoult, Baudolino, y la última de ellas: La misteriosa llama de la reina Loana.

El nombre de la rosa me encanto, a pesar de que tenía trece años cuando lo leí por primera vez y, a pesar también, de las interminables páginas de plomo sobre las luchas entre los Benedictinos y Franciscanos. Pero, en cualquier caso, escondido entre ese plomo se encontraba algún regalo que aligeraba mente, como el encuentro entre Adso y la campesina.

Le siguió en mis lecturas La isla del día después. Este no lo entendí, y me pasé horas y más horas leyendo sin saber muy bien por qué.

Algo que volvió a pasar cuando me dio por leer El péndulo de Foucoult. Éste era otro libro que no supe por dónde agarrarlo. Pero, serán cosas del destino, el péndulo que sale en este libro es el mismo que está colgado del techo de la capilla del Museo de Ars et Metiers de París que, algunos años después, vino a ser mi vecino de al lado, ya que lo tenía a escasos cincuenta metros de mi apartamentito. También, en la misma novela, aparece el Deutsches Museum que me trajo magníficos recuerdos de mis dos veranos en Munich. Por tanto, gracias a esas dos circunstancias circulares o ¿debería decir pendulares puesto que también cierran un círculo (cada treinta y dos horas, si lo colocas en el Panteón)?, el libro me mereció su lectura.

Pero el tiempo de lecturas incomprensibles se vio compensado con Baudolino, libro que disfruté. Es la vida e historia del mentiroso Baudolino, contada por él mismo. Por tanto, en una biografía así, ¿qué puede ser verdad?, ¿qué no lo es? De todas formas, ¿qué más da?, antes o después, alguien más mentiroso que Baudolino nos la iba a contar, por lo que tampoco ibas a saber qué es y qué no lo es.

Y llegó el turno de La misteriosa llama de la reina Loana. Después de Baudolino, compré este libro nada más salir. La historia es cruel, pero bella: un tipo que con sesenta años pierde la memoria. Entonces, su mujer se lo lleva a la casa de su infancia para que recuerde su vida a partir de las lecturas de sus tebeos, libros, apuntes, cartas, fotografías, discos, periódicos… que se encontraban almacenados en el desván. Toda una aventura. El libro también me llamó la atención por la cantidad de ilustraciones que hay: viñetas de tebeos, publicidad, portadas de libros… y que van desde finales de los treinta, hasta los años cincuenta (desde la infancia en guerra, hasta la adolescencia de la posguerra; desde los tebeos hasta las primeras cartas de amor y acné juvenil. Todo lo tiene que recordar está en aquel desván del caserío y, por tanto, supongo que te podré decir que al protagonista le ocurre lo mismo que a las primeras rosas, que florecen cuando las violetas ya se han ido de vacaciones. Después de La misteriosa llama de la reina Loana, no hay más novelas de este hombre.

Es ahora cuando me tocaba hablar de la Historia de la belleza, pero, como la introducción del post me ha quedado larga, lo dejaré para otra ocasión. Tanto tú como yo estamos cansados…

Señora de rojo sobre fondo gris

9 Noviembre, 2009

Es la última novela de Miguel Delibes que he leído. El argumento es muy triste: un viejo pintor recuerda ante su hija los últimos días de su esposa, antes de que ésta falleciera a causa de una cruel enfermedad. En cualquier caso, es un libro estupendo.

“A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, la descubrí con el rostro asimétrico. Bajé la vista. Creyendo que se trataba de una alucinación, pero al levantarla de nuevo, la visión se confirmó: no era una alucinación. Su ojo derecho parpadeaba, en tanto que el izquierdo se mantenía inmóvil, hueco, insondable. El mismo desequilibrio se advertía en la boca: mientras la comisura derecha sonreía, la izquierda se desmayaba en un gesto de gravedad. Quise aferrarme a su mitad viva pero el miedo se había instalado en mí, la taza de té me temblaba en la mano y el estómago iba fraguando como si fuese cemento. ¿Te ocurre algo? Me hablaba por el lado derecho de la boca y yo captaba sus palabras por el oído izquierdo, mientras su ojo negro desorbitado me miraba fijamente, sin la menor piedad. Encogí los hombros y me acomodé en la mesa, los ojos contra las palmas de las manos, hasta que noté su brazo sobre mis hombros. Entonces, al levantar la cabeza, advertí que la disparidad había desaparecido: había vuelto a ser la misma. Callé. No le di explicaciones sobre el extraño fenómeno, ni lo comenté con nadie; pero me dejó la amarga impresión de que lo que había visto a través de su pupila estancada era la sombra de la muerte”.

L’étranger

27 Octubre, 2009

De Albert Camus, premio Nobel de literatura de 1957. Me ha gustado esta novela aunque no me ha entusiasmado. Es extraña, pero es a su vez interesante. La historia empieza en día en el que el protagonista recibe un telegrama que le informa sobre la muerte de su madre. El argumento va del día a día, contado en primera persona, de un tipo raro. Por eso, entramos en su mundo. Vemos cómo ve él las cosas, a la gente en sí según él. Nos damos cuenta de las costumbres impuestas y asumidas, de cómo se juzga negativamente a la gente cuando no se las sigue e, incluso, me parece que entran también en juego el existencialismo -por analizar el sentido de la vida- y algo del absurdo -porque el protagonista comete un asesinato sin sentido alguno (si es que alguno lo tiene) y porque no hace nada para evitar el patíbilo, sólo por ser fiel a sus principios-.

«Si bien qu’au bout de quelques semaines, je pouvais passer des heures, rien qu’à dénombrer ce qui se trouvait dans ma chambre. Ainsi, plus je réfléchissais et plus de choses méconnues et oubliées je sortais de ma mémoire. J’ai compris alors qu’un homme qui n’aurait vécu qu’un seul jour pourrait sans peine vivre cent ans dans une prison. Il aurait assez de souvenirs pour ne pas s’ennuyer. Dans un sens, c’était un avantage ».

Entre castaños, helechos, uvas y chopos

13 Octubre, 2009

Sucede que tenemos un terrenillo perdido en la alpujarra. Allí puedes encontrarte con chopos bien criados, varios castaños medianejos, almendros de almendra amarga, un almecino, un par de granados jóvenes, una veintena de cepas de uva tinta (tempranillo, garnacha y cabernet-sauvignon), helechos, zarzas, matojos y hasta una fuente natural de agua ferruginosa. Todo suena a mucho, pero, no creas, la parcelita no es nada grande; sin embargo, pese al tamaño, está hecha unos zorros. Mi padre espera que yo le meta mano algún día, y yo también espero el día en el que me dé por desarrollar mi vena labriega que por ahora no le ha dado por salir. Hasta entonces, me conformaré con ir allá de muy tanto en tanto. Te dejo unas fotos de hace tres semanas.

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Oyendo Lost? de Coldplay.

Views from the afternoon

6 Octubre, 2009

Pues eso, la vista de un atardecer desde una de mis ventanas.

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Oyendo The Fixer y Got Some de Pearl Jam. ¡Vaya par de canciones!

Eugénie Grandet

29 Septiembre, 2009

Es la primera vez que me ha dado por leer algo de Honoré de Balzac y, no sé, quizás sea la última. A ver, la novela en sí está muy bien, pero me cansan mucho las narraciones pomposas –al menos esa es la impresión que me he llevado, aunque yo mismo sea el menos indicado para criticar a los pomposos y a sus pompas -. Hay gran realismo en la historia puesto que describe con bastante detalle a las gentes y costumbres de la sociedad francesa del SXIX y, también, algo de romanticismo. Por eso, dentro del realismo de la narración, aparecen críticas mordaces que se cubren de ironía y, asimismo, exaltaciones exageradas. 

Eugénie, la protagonista, es la hija y heredera de un rico tonelero demasiado avaro: todo lo que hace lo mide con la ganancia, el oro y el dinero. Por este motivo,  el padre hace que su familia pase enormes penurias con tal de gastar poco y ahorrar mucho, e, incluso, juega con las esperanzas de los moscones que rondan a su hija para intentar casarse con ella y llevarse su herencia. Al final, por la avaricia del propio tonelero y de las gentes que lo ansían, vemos que el dinero lo arruina todo. Quien peor parada sale es Eugénie, que es un cúmulo de virtudes –esto contrasta enormemente con el padre y con casi todos los que la rodean-, puesto que primero será castigada por el egoísmo del padre y, luego, por abandonarse a un amor que está hecho de pensamientos más que de realidades y que terminará destruyendo su vida, no en lo económico, pero sí en todo lo demás. 

 

“Grandet n’était pas embarrassé pour apprendre à Charles la mort de son père, mais il éprouvait une sorte de compassion en le sachant sans un sou, et il cherchait des formules pour adoucir l’expression de cette cruelle vérité. <<Vous avez perdu votre père!>> ce n’était rien à dire, Les pères meurent avant les enfants. Mais: <<Vous êtes sans aucune espèce de fortune!>> tous les malheurs de la terre étaient réunis dans ces paroles. Et le bonhomme de faire, pour la troisième fois, le tour de l’allée du milieu, dont le sable craquait sous ses pieds. Dans les grandes circonstances de la vie, notre âme s’attache fortement aux lieus où les plaisirs et les chagrins fondent sur nous. Aussi Charles examinait-il avec une attention particulière les buis de ce petit jardin, les feuilles pâles qui tombaient, les dégradations des murs, les bizarreries des arbres fruitiers, détails pittoresques qui devaient rester gravés dans son souvenir, éternellement mêlés à cette heure suprême, par une mnémotechnie particulière aux passions.”

Los cuadernos de don Rigoberto

21 Septiembre, 2009

Es la última novela de Vargas Llosa que he leído. Está bien, porque me parece que él escribe bien. En cambio, la historia no me ha gustado demasiado. En sí no me queda nada clara y, además, aparecen algunos pasajes que están metidos para rellenar –aunque puede que Mario pretendiera eso mismo, como si lo que se lee fuera el cuaderno de notas de don Rigoberto-. Por lo demás, es un libro bastante erótico que, bueno, entretiene, y del que más de uno habrá sacado alguna idea puesto que la sota, el caballo y el rey no aparecen por ningún sitio.

“Su hermano Narciso no era un diablo; aventurero, nomás. Dotado de una endiablada habilidad para sacar a su vocación trashumante y su curiosidad por lo prohibido, lo secreto y lo exótico, un gran partido crematístico. Pero, como era mitómano,  no resultaba fácil saber qué era cierto y qué fantasía en las correrías con que solía mantener hechizado a su auditorio, a la hora (siniestra) de la cena de gala, la fiesta de matrimonio o el cóctel, escenarios de sus grandes performances relatoras”.

Niebla

15 Septiembre, 2009

La otra tarde cogí el coche para darme una vuelta por algunos pueblos del sur de Granada (Murtas, Albuñol…). Un amigo me comentó que me podía gustar. No por los pueblos en sí, que por lo visto no son nada del otro mundo, sino por el propio camino (él lo hizo en moto) y por las vistas que tiene: kilómetros y kilómetros de mar y de costas granadinas. Pues nada, manta, carretera y cámara con el objetivo de fotografiar una puesta de sol sobre el mar desde lo alto de una colina. Bajé a Órgiva y desde allí, subí y subí serpenteando por una carreterilla desierta que me llevó hasta la cresta de una montaña –en donde me habían dicho que estaba el paisaje-. Sin embargo, durante la subida, pronto apareció la niebla; así que de vistas, nada. No me pareció mal tampoco y, en cierto modo, hasta lo agradecí. Porque, en este lugar, más sólo que la una, bajé las ventanillas para notar el aire fresco y éste a su vez me hizo olvidar los calores que tenemos en la ciudad; lo hice, también, para que entraran la humedad de la nube y los olores de la tierra húmeda, de los hierbajos silvestres y de un mar que estaba cerca pero que no se podía ver.

La pantalla del GPS estaba llena eses que salían y entraban, con la flecha apuntando como loca de un lado para otro porque nunca había una dirección constante; y yo le decía al aparato que no se preocupase, que me daba igual si se equivocaba o no. Conducía a placer, cambiando de segunda a tercera cada dos por tres, sin música, puesto que el ronroneo del motor es más que suficiente en estos casos. En una de éstas vi a un perro de aguas, estupendo, solo, y también en mitad de la carretera. Nos saludamos y los dos seguimos a lo nuestro. Al rato me topé con la razón del chucho solitario: sus ovejas y el pastor, o sea, el dueño de las ovejas y del perro. ¡Cómo no!, todos en mitad de la carretera. El buen hombre me preguntó algo que no entendí y que supuse como la hora puesto que señaló con un dedo sucio su muñeca sucia. Son las ocho –le dije- y tanto él como sus ovejas y yo seguimos a lo nuestro -adiós, buenas tardes-. Anduve un poco más, hasta que pensé bien las cosas y me di la vuelta: total, con la niebla no se podía ver nada… Por eso, al rato volví a saludar al pastor y luego a su perro (si tuviera una casa con jardín y si tuviera menos escrúpulos, hubiera dejado al pastor sin perro). En total hice 160Km, tres fotos y el mar lo dejaré para la próxima.

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Oyendo White Shadows de Coldplay.

Caminando por Sierra Nevada

8 Septiembre, 2009

Éramos cuatro, la excursión duró dos jornadas por lo que tuvimos que pasar la noche al raso y a una altitud de unos 3000m. En total andamos unas 11h. De ellas, vendrían a ser unas 5h durante el primer día, o sea, unos 15Km (pasando de 2000m a 3000m de altura), con 20Kg a la espalda y desde el atardecer hasta más allá del ocaso, pero con linternas para caminar en la oscuridad. El segundo día pateamos el resto, 6h, o sea, unos 24Km (pasando de 3000m a 1300m), con menos peso sobre la espalda y desde el amanecer hasta el medio día.

Lo mejor de las dos jornadas fue el paisaje, tanto el terrestre como el extraterrestre. Lo digo, porque, sobre la tierra, el paisaje era espléndido, interminable y curiosamente marciano por la cantidad de montañas de piedra y de piedras que nos rodeaban. Aunque esa imagen monótona se rompía de vez en cuando a causa de los pocos neveros que aparecían durante el camino y, conforme se descendía en altitud, por las hierbas silvestres y el agua cristalina que daban algo de color sobre un fondo gris. En cuanto al paisaje extraterrestre, me refiero al cielo de noche, sin luna, y limpio de cualquier luz eléctrica parásita (permíteme que también considere la ausencia de luz como algo extraterrestre). Pasaron varias estrellas fugaces, puede que reminiscencias de las lágrimas de San Lorenzo, y la vía láctea ¡se podía ver! Galaxias y estrellas, y más estrellas y más galaxias, muchas con nombre, seguro que otras sin él y, aunque mi dedo y mi vista no supieran quién era quién, todas estaban allí haciéndose notar.

Lo que te diga, muy bonito, pero de dormir, nada de nada, por la falta de costumbre de hacerlo en un saco, por el frío (unos 5ºC), y por el pensamiento fugaz de unos zorros merodeando. A decir verdad, también rondaba una especie de araña bastante fea y bien criada, pero temía más el lametón de un zorro.

En cuanto a la forma física. El primer día no tuve problema alguno. En cambio, al final del segundo día, los tres o cuatro últimos kilómetros los hice cojeando porque mi rodilla derecha me dijo “hasta aquí hemos llegado, pedazo burro, burro, más que burro”; Ese día fue muy duro, porque bajar andando cansa mucho, para mí más que subir. Por eso, como había partes que tenían mucha pendiente, ésas las bajábamos corriendo para evitar cargar aún más a los músculos o para pasar rápido el mal trago o para hacer el tonto.

Nada, al final uno se rinde a lo que todo lo cura: tres cervezones bien helados cuando arribamos a la civilización y, luego, en casita; después hay que dormir 14h sin parar y reposar durante tres días las agujetas de las piernas. Aunque, menos mal, con la rodilla totalmente recuperada tras el sueño. Y tampoco he perdido uñas ni me han salido ampollas (lo uno y lo otro es raro en mí).

Como nota y como cosa pendiente por hacer en el futuro, puede que el próximo verano no esté mal hacer lo mismo que les he visto hacer a otros este año: Serían las cinco de la mañana; de pronto se oyeron las voces de tres o cuatro ciclistas rodando por una pista que pasaba a nuestra vera. Y es que recuerdo que ése era uno de los retos de mi época universitaria y que, quizás, con buen criterio no hice: una etapa nocturna en bici, ya fuera por el monte o por un desierto. Tiene que ser de noche, porque de día ya lo he hecho un par de veces, aunque esa sea otra historia que ya contaré.

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Ycomo allá arriba casi todo fueron piedras, me he acordado de una poesía de Juan Ramón Jiménez:

“El cielo pesa lo mismo
que una cantera de piedra.
Sobre la piedra del mundo
son de piedra las estrellas.

  ¡Esta enorme cargazón
de piedra encendida y yerta!
Piedras las estrellas todas,
piedras, piedra, piedras, piedra.

  Entre dos piedras camino,
me echo entre piedra y piedra;
piedras debajo del pecho
y encima de la cabeza.

  Y si quiero levantarlas,
me hiere la piedra eterna;
si piso desesperado,
sangro en la piedra terrena.

  ¡Qué dolor de alma, piedra;
carne, qué dolor de piedra;
qué cárcel la noche, piedra
cercada y cerca de piedra!

  Con tu piedra me amenazas,
destino de piedra y piedra.
Con tu piedra te daré
en tu corona de piedra”.

Oyendo Hardest Part de Coldplay.