Archivos de la categoría ‘Qué comer’

E=pan·jamón^2

24 Noviembre, 2009

Resulta que cuando llega el invierno, el jamón me saca de más de un apuro, o sea, lo mismo que digo del tomate durante el verano. Así, la pata del gorrino la tengo pensada para esas veces en las que no sé ni que cenar, o en las que ni siquiera me apetece abrir el microondas para calentar algún congelado, o, simplemente, en las que pienso que me toca un homenaje.

El otro día me hice con dos a precio de una, puesto que me enteré de una oferta en el Hipercor: una paletilla ibérica de bellota de unos 5.5kg más otra paletilla de recebo de unos 4.5kg por sesentainueve euros; creo que era una oferta buenísima puesto que la última paletilla que compré me vino a costar sesenta euros y era sólo de recebo. He empezado por la de bellota porque uno no sabe qué le va a pasar a mañana: si me pilla un toro –es un decir-, que me pille contento. Y del sabor, ¿qué te voy a contar? no llega a tener el de un jamón de bellota, pero es excelente.

Por último, haciendo un símil con la ecuación de la energía de la teoría de la relatividad, he pensado que dos paletillas con pan ha de ser igual a la energía necesaria para pasar a lo grande los fríos del invierno… y si hiciera falta una tercera, entonces sería E=pan·jamón^3 y sucesivavente… (como ves, he supuesto que la felicidad que produce la paletilla es potencial y no lineal).  De todas formas, nadie me va a salvar de hacer la demostración experimental.

Cómo hacer un arroz negro en tan sólo cinco pasos

29 Julio, 2009

El otro día me dijo una amiga que había preparado arroz negro. Yo, como culo que veo, culo que deseo, y como hacía años que no lo había comido, me lancé de cabeza a la cazuela. Como casi siempre, lo cociné a ojo y suponiendo cómo debería hacerse.

Manos a la masa. Lo primero fue hacer un sofrito con un tomate, un poco de pimiento verde, media cebolla, un diente de ajo, y otro poco de calabacín. Cuando estaba reducido vino el segundo paso; a fuego fuerte, le eché trozos de calamar, rape y gambas peladas –todo crudo-. Removí aquello, esperé un minuto, y vertí un chorrito de cognac. Dejé que evaporase algo para dar lugar al tercer paso. Al momento vertí un par de sobres de tinta de calamar junto con dos vasitos de arroz de calasparra y rehogué el contenido durante otro par de minutos para que el arroz se empapase del sofrito. Llegamos al cuarto paso. Entonces, volqué sobre la sartén unos cuatro vasos de caldo –resultado de haber cocido las cabezas de las gambas y los huesos del rape- una pizca de sal, un poco de azafrán, perejil picado, y le di un par de meneones con la cuchara de madera. Luego, sin tocar nada, dejé la cazuela a fuego medio-fuerte hasta que el líquido se evaporó. Fue cuando aparté el arroz de la hornilla, lo dejé reposar durante cinco minutos, y lo serví con un pegote de alioli sobre un extremo del plato, o sea, el quinto paso.

Quizás lo de menos haya sido que he tenido arroz para tres días, lo más importante es que me salió muy rico. Eso, al menos, fue lo que me pareció, a pesar de que yo sea el menos indicado para opinar, por mirarlo con muy buenos ojos y por llevar media hora salivando antes de meterle el diente.

Por cierto, acompañé el plato con una cerveza helada, dentro de un vaso helado. Y como las cervezas heladas lo que tienen es que desaparecen al instante, no sé si porque reducen su tamaño a la mitad o porque rápidamente se evaporan, tuve que servirme otra, también en otro vaso helado.

El sábado del cordero

14 Mayo, 2009

El sábado me levanté con el antojo de comerme un buen asado. Por eso no lo pensé dos veces y me fui al super para comprar una buena pata de cordero segureño. Creo que la receta la saqué de algún recuerdo, y si no es así, entonces me la inventé. Agarré el cuenco de barro de las grandes ocasiones y partí la pata puesto que no cabía en el cacharro. Eché un chorreón de cognac con algo de agua para rebajarlo; le coloqué la pierna encima (la mía no, la del cordero), puse un poco de aceite de oliva, un par de ajos majados, sal Maldom, granos de pimienta, romero y bastantes ramillas de tomillo fresco. Al horno con todo, a 200ºC. De vez en cuando rociaba la carne con el juguillo que iba soltando y, tras poco más de una hora y cuarto (durante el último cuarto de hora encendí el grill para que también se dorase), el asado estuvo listo para el tenedor y cuchillo. Me salió de rechupete.

 cordero

Después de comer me bebí un buen café (he descubierto uno Moka de Illy que sab muy bien). Descansé una hora, tiempo más que suficiente para que se me cruzaran los cables y decidiera coger la bici para bajar los excesos. Lo sé, excusas. De lejos, eso fue lo mejor del día y puede que la mejor decisión de la semana. Y es que resulta que el sábado fue un día de tormenta. La tarde estaba encapotada, con mucho bochorno y con evidentes ganas de llover, pero, viendo que al cielo aún no le había dado por descargar y antes de que me conquistara la pereza, me dije: “manta y carretera, te la juegas. Ahora o nunca”.

Así que me puse el disfraz de ciclista y tiré para el monte, como las cabras ¿o debería decir las ovejas por eso de “lo que se come se cría”? Ya en la montaña, sólo veía gente que, en sus coches, volvía previendo la lluvia. Ellos eran los cautos. Yo, en cambio, iba contracorriente, cuesta arriba, y con ganas de subir cuanto antes; más que nada porque me sentía con fuerzas y porque el cuerpo respondía. De todas formas no estaba tan sólo, un par de veces me crucé con un incauto que, como yo, pensaba que hacía una buena tarde.

Hasta entonces había tenido suerte y sólo me habían caído encima unas míseras gotas. Llegué a la cima; un mirador desde donde se divisa toda la sierra. Empezó a llover fuerte. Me comí una chocolatina como premio a mis esfuerzos anteriores y me dispuse a volver a casa. La bajada fue lo mejor. Durante ese día trabajaron todos los sentidos. Y, ahora, la lluvia me golpeaba el cuerpo mientras que la velocidad generaba una brisa que producía sobre los brazos un frescor muy agradable, contraste entre el sudor caliente, las gotas de agua y el ambiente templado. El camino de bermeja arcilla me llevaba por un paisaje conocido, en soledad absoluta,  e invadido por el verde intenso de los árboles y de la hierba húmeda. Todas esas sensaciones se iban mezclado con  los increíbles olores de tierra mojada y pino que, junto el sonido del suave tintineo del agua, hicieron que el cuerpo crease un buen chute de endomorfinas y tres cuartos de kilo de euforia que aún dura.

Llegue a casa hecho una sopa. De inmediato me metí una buena ducha con el agua bien caliente. Me quedé como nuevo y más contento que unas pascuas.

Fabada asturiana

6 Abril, 2009

Este plato es muy fácil. El otro día estaba en el Hipercor comprando unas cosillas cuando en un estante me topé con un kit de fabada (alubias, dos morcillas, dos chorizos, lacón y tocino salado). Entonces me acordé de una ocasión, durante un domingo Parisino, en la que unos amigos y yo nos plimplamos una fabada de este tipo que nos supo a gloria. Pues nada, si la cosa resultaba como la mitad de lo que mis recuerdos me decían, como mínimo ésta iba a estar mejor que la que hace Litoral. Así que no me lo pensé dos veces y eché el kit al carro. La receta que hice fue la que venía escrita en el envase.

En la noche del viernes puse en remojo las alubias (no lo había visto nunca pero las fabes doblan su tamaño) y, del mismo modo, dejé desalando el lacón y el tocino. Al día siguiente, lo eché todo a la olla a presión, lo cubrí de agua fría y esperé a que hirviera para extraerle la espumilla que sale. Una vez que se la conseguí quitar, cerré la olla y la dejé berreando durante 10 minutos. Abrí, miré como estaba todo, le di un par de meneones, eché un poco de azafrán y de sal, y volví a cerrar otros diez minutos. Cuando destapé la olla el asunto tenía buen aspecto: las alubias estaban hechas, el caldo trabado y las morcillas enteras.

Sólo me comí un plato. Estaba bueno, pero, después de todo, mis recuerdos eran mejores: no sé si a causa de las ganas que aquel día tuvimos de comer un potaje, porque mi amigo tuviera mejores ingredientes o mejor mano con los fogones .

Lo que me sobró lo tuve que congelar porque esta receta es como una bomba: nada de verdura, nada de aceite de oliva… toda la grasa la da nuestro querido señor amigo: el cerdo.

Croquetas

12 Marzo, 2009

Da igual cómo las llames: croquetas, cocretas, crocretas, cocretras… El otro día me lié la manta a la cabeza y me puese a hacer unas cuantas. Para ello, coges un par de cebollas, las picas bien y las pochas a fuego lento; en mi caso, como no tuve mucha paciencia y como me estaba bebiendo una cerveza, se me cruzaron los cables y le vertí a la cebolla un poco de cerveza y agua para que el asunto también cociera un poquito. Una vez que el líquido había reducido eché las virutas de jamón: vuelta y vuelta (sal no hace falta puesto que el jamón ya tiene, pero eso a gusto de cada uno).

Después, rehogué un par de cucharadas de harina en el sofrito y, a continuación, empecé a echarle poco a poco la leche (para no hacer grumos) mientras removía todo aquello con más poderío que arte. Cuando la masa tuvo una consistencia muy densa, la aparté del fuego y la dejé reposar media hora para que se enfriase. Tocaba el turno de darles forma. Con un par de cucharas cogía un trozo de masa, lo echaba en una bandeja con harina, le daba forma de chorizo; acto seguido le daba un remojón en huevo batido, luego otro revolcón por harina (fallo: lo suyo era haberlo hecho con pan rayado pero no tenía) y a la fuente para freírlas luego.

 croquetas

El resultado es el que ves en la foto: se me quemaron un poco, y falló lo del pan rayado, pero no estaban mal del todo; las he probado peores y, para ser las primeras que hago, pues mira, me doy con un canto en los dientes por no haber tenido que echar mando del Almax.

Lasagna bolognesa

2 Febrero, 2009

Una vez que te lanzas no paras, ¿para qué? Lo primero para hacer el plato es meterle mano al relleno. En una olla pochas cebolla picada y un poco de ajo. Hecho esto, echas la carne picada, una pizca de paté, un poco de sal y de pimienta; lo rehogas todo, viertes un poco de cognac y reduces hasta que no quede líquido (del cognac y de lo que suelta la carne).

Es el turno de la bechamel. Pochas cebolla pidada hasta que empiece a caramelizar, rehogas con ella un par de cucharadas de harina y viertes leche mientras mueves todo con arte y salero (ah, también le espurreas un poco de sal y de nuez moscada). Una vez que lo que se parece a una bechamel tiene cuerpo, le pasas la batidora para dejar la salsa con la textura adecuada. La salsa de tomate también es fácil. Pelas tres o cuatro tomates, los troceas bien, pones un poco de orégano, sal y lo fríes. Después de un rato meneando, ya la tienes (le añades un par de cucharadas de esta salsa a la carne picada).

El plato va llegando a su fin. Las láminas de pasta las cueces en abundante agua con sal y un poco de aceite. Los ocho minutos de cocción no te los quita nadie (ya sabes, limpias la cocina mientras tanto). Escurres el agua y secas las láminas con un paño.

Ahora viene lo más divertido; lo que queda es como montar un mecano. Un poco de bechamel en la base de un cuenco, una lámina de pasta, un morteraco de carne, otra lámina de pasta, una capa de bechamel, otra lámina de pasta, más carne, más pasta, más bechamel… Cuando te has cansado de montar la torre, echas la salsa de tomate por encima y lo espoloreas todo con un poco de queso rayado (para estas cosas el que más me gusta es el queso de bola holandés). Todo para el grill… et voilà!

lasagna
Escribiendo esto mientras veo llover por la ventana.

La cata (segunda edición)

24 Noviembre, 2008

Con el pretexto de probar unos vinos, nos volvimos a reunir Gemma, Chelo, Amalia, Chus, Rodrigo, Raúl y el que escribe para catar unos cuantos. Esta vez, las normas cambiaron un poco -cosas de la crisis-. Antes, si bien los dos perdedores pagaban el vino de los dos ganadores y era yo el mayor provedor de la de pitanza; ahora, cada uno se pagó su vino y cada uno cocinó un plato para la cena.

La votación la hicimos como la otra vez: sin que nadie supiera qué vino había traído el resto, una mano inocente cubría las botellas con papel de aluminio y las descorchaba. Más tarde, en la cena, se probaba una copa de cada una de las botellas. Después de opinar todos de todo -mucha idea no tendremos, pero los comentarios nos salían hasta por los codos (los efectos del vino)- votamos: 4 puntos el mejor, 3 puntos el siguiente, dos puntos, y un punto para el último.

Los vinos a concurso fueron los siguientes -casualidades, todos escogimos un rioja-:

- Marqués de Riscal Reserva de 2003
- Conde de la Salceda Reserva de 1998
- Imperial Reserva de 2001
- Marqués de Vargas Reserva de 2004

La cena consistió en: la eterna tortilla, montaditos de gulas y calabacín, gabardinas de chistorra y hojaldre, chistorra al cognac, bloc de foie de pato y otro de oca con mermeladas de frambuesa y pimiento, paté de perdiz con un chorreón de aceite de oliva, champiñones fritos con jamón, tabla de quesos, empanada de atún y ensalada de manzana verde con Roquefort y nueces.

En cuanto al mejor vino de los cuatro, los seis que estábamos pensamos que mi vino era el peor (Marqués de Vargas), después le seguió el Imperial, Conde de la Salceda y, en primera posición -muy discutida con el anterior- el Marqués de Riscal.
 

Y el año que viene -o quizás antes-, más.

El color del fuego

27 Agosto, 2008

Y después, en cuanto desaparecieron las llamas, asé unas sardinas…

Oyendo Highway to Hell de AC/DC.

El arroz no es solo para lanzarlo en las bodas II

30 Julio, 2008

Pues no es sólo para lanzarlo en las bodas, para hacer paellas… También sirve para hacer Sushi. Ya ves, lo que son las cosas: En Madrid, siempre que me quedaba un fin de semana, iba a cenar una noche a un japones muy bueno que había cerca de mi casa. Al principio, como me pasó con el vino, no me gustaba mucho, pero a fuerza de comerlo he aprendido a sacarle gustillo a esto del pescado crudo.

En fin, llevaba unos días con antojo y como en Granada no he encontrado ningún Japonés que se precie, esta tarde, al salir del trabajo he ido al Hipercor (no veas de la de apuros que me ha sacado esta tienda y no tengo ni idea de los que me sacará) a comprar unos lomos de salmón, langostinos, wasabi, vinagre de arroz, algas nori, unos aguacates y un tapiz de bambú para enrollar el arroz. Voilà: Made by your own.

La preparación es muy simple, hasta me he sorprendido de ello porque pensaba que no era así. En mi caso me la he bajado del google aunque también venía en las bolsa de las algas (asi que si estás interesado, ya sabes). En cuanto a lo del pescado crudo, no me da asco aunque hay algunos que no me gustan nada como es el caso del atún o de la caballa. Y en cuanto al bicho -el anisakis-, he congelado el pescado que me ha sobrado para estar más seguro la próxima vez. Pero hoy con las ansias lo he cocinado fresco -ya te contaré si he pillado el anisakis o no-.

 

La verdad (y flores aparte), me ha salido muy rico. El único fallo ha sido la salsa de soja que tengo -es muy espesa y dulce; cuando se termine buscaré otra marca mejor-. Al final he terminado comiendo a las 6:30, así que ni siesta ni ná…

 

Oyendo Rest My Chemistry de Interpol.

El arroz no es solo para lanzarlo en las bodas

28 Julio, 2008

Pues eso creía yo… Esta receta la he hecho a ojo, acordándome de lo que le vi hacer a Arguiñano (o similares), a mi madre, y de los sabios consejos de algún amigo que también le da por hacer arroces.

Vamos a lo que vamos. Pones en una olla unas gambas, almejas, mejillones y unos huesos de rape. Los cubres de agua. En cuanto empieza a hervir, quitas la olla del fuego. Sin tirar el líquido, apartas todo lo que hay. Las gambas las pelas y las colocas en un plato; las peladuras las echas al líquido de la cocción. A los mejillones y a las almejas les quitas los bichos y los pones en el mismo plato que las gambas peladas. Las conchas y los huesos de rape los tiras –que aparte de un llavero poco más puedes hacer con ellos-. Con una batidora trituras el líquido con las cáscaras de gamba. Una vez echo esto se cuela el líquido y se aparta para lo que vendrá más tarde.

Es el turno de la verdura. Troceas un tomate pelado –para que el pellejo no dé luego por saco-, una cebolla, medio pimiento verde, un poquito de pimiento rojo, y lo sofríes todo a medio fuego. Cuando el sofrito esté bien –vete tú a saber cuándo pero, si te sirve de ayuda, eso es algo que se nota, ya verás-, le echas sal, un poco de pimienta, media hoja de laurel y un chorreón de coñac. Remueves el mejunje y dejas que el chisporroteo resultante de mezclar el vino con el aceite caliente evapore el alcohol.

Por comensal calculas un vasito de vino lleno de arroz –que si es de Calasparra mejor que mejor-. Siempre con el fuego a medio gas, echas el  arroz al sofrito y lo rehogas para que el sabor se meta dentro del granos. Por cada vasito de arroz que hayas puesto, viertes cuatro vasistos del líquido que tienes apartado –si se te acaba completas con agua-. A continuación, remueves todo, le echas una pizca de azafrán, un poco de colorante alimenticio y le espurreas una pastilla de caldo de pescado –estas dos últimas cosas son antinaturales, insanas e innecesarias, pero si lo haces no es trampa si no se lo cuentas a nadie-. Por último, echas todos los tropezones que tienes apartados: las gambas, los mejillones, las almejas y trozos de rape en crudo –esto te lo digo ahora-. Lo remueves todo por última vez y lo dejas que cueza.

¿Cuándo hay que apartar la sartén del fuego? La respuesta es muy simple, justo antes de que todo se queme. O sea, cuando el líquido desaparezca; justo antes de que los volcanes que han surgido en mitad de la paellera dejen de hacer su chup-chup característico. Ojo, si ves que apenas queda líquido, y que el arroz aun está más duro que un kico, es porque has tenido mala suerte (que sepas que no es culpa tuya ni mía, sucede que la presión atmosférica no es la idónea y el arroz necesita cocer más). Pero a males simples, simples soluciones: el famoso truco del almendruco de echar más agua ¿cuánta? A ojo, que para eso están.

Al fin, ha llegado el momento de quitar la sartén del fuego. Lo haces, y dejas que pasen cinco minutos antes de emplatar y de incarle el diente a tu paella. Entonces es cuando puedes decir lo mismo que yo dije: ¡la madre del cordero, Dani!

Esa ha sido la primera paella que he hecho. Supongo que algún purista tan sólo lo llamará arroz con algo. Bueno, qué quieres que diga, a mí plim, lo importante es que, modestia a parte, lo que había en el plato estaba bueno.

Otra cosa, las cantidades que me salieron para dos (y donde comen dos comen tres o cuatro) son: un cuarto de gambas, rape y almejas, medio kilo de mejillones, un tomate, medio pimiento verde, un quinto de rojo, una cebolla y dos vasos y medio de arroz. En cuanto a los tiempos, si no te los he dicho es porque a todo hay que darle un punto de incertidumbre, y de arte propio.

De acompañamiento, un vaso enorme, congelado, y lleno de cerveza muy muy fría. Después, como siempre, una siesta para el cocinero mientras el lavavajillas trabaja y el frigorífico enfría las sobras.

Oyendo In my Place de Coldplay.