El otro día me dijo una amiga que había preparado arroz negro. Yo, como culo que veo, culo que deseo, y como hacía años que no lo había comido, me lancé de cabeza a la cazuela. Como casi siempre, lo cociné a ojo y suponiendo cómo debería hacerse.
Manos a la masa. Lo primero fue hacer un sofrito con un tomate, un poco de pimiento verde, media cebolla, un diente de ajo, y otro poco de calabacín. Cuando estaba reducido vino el segundo paso; a fuego fuerte, le eché trozos de calamar, rape y gambas peladas –todo crudo-. Removí aquello, esperé un minuto, y vertí un chorrito de cognac. Dejé que evaporase algo para dar lugar al tercer paso. Al momento vertí un par de sobres de tinta de calamar junto con dos vasitos de arroz de calasparra y rehogué el contenido durante otro par de minutos para que el arroz se empapase del sofrito. Llegamos al cuarto paso. Entonces, volqué sobre la sartén unos cuatro vasos de caldo –resultado de haber cocido las cabezas de las gambas y los huesos del rape- una pizca de sal, un poco de azafrán, perejil picado, y le di un par de meneones con la cuchara de madera. Luego, sin tocar nada, dejé la cazuela a fuego medio-fuerte hasta que el líquido se evaporó. Fue cuando aparté el arroz de la hornilla, lo dejé reposar durante cinco minutos, y lo serví con un pegote de alioli sobre un extremo del plato, o sea, el quinto paso.
Quizás lo de menos haya sido que he tenido arroz para tres días, lo más importante es que me salió muy rico. Eso, al menos, fue lo que me pareció, a pesar de que yo sea el menos indicado para opinar, por mirarlo con muy buenos ojos y por llevar media hora salivando antes de meterle el diente.
Por cierto, acompañé el plato con una cerveza helada, dentro de un vaso helado. Y como las cervezas heladas lo que tienen es que desaparecen al instante, no sé si porque reducen su tamaño a la mitad o porque rápidamente se evaporan, tuve que servirme otra, también en otro vaso helado.

