Estaba el otro día ojeando una revista cultural, de ésas que vienen con algunos periódicos. La verdad es que no les preso demasiada antención, tanto, que sólo me dedico a mirar las fotos. Pero esta vez, aunque pasaba las páginas con rapidez, me detuve en la reproducción de un grabado. Simplemente me pareció genial. Se trataba de una de las láminas de Cyprien Gaillard que se exponen en el MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León). El grabado es el de un paisaje bucólico, como los que pudieron hacer, a principios del SXIX, los viajeros románticos ingleses, alemanes o franceses por los campos españoles (si puedes, léete el libro “Cosas de España” de Richard Ford que describe sus experiencias en España en 1830: hemos cambiado algo, pero el ajo lo seguimos usando como arma biológica para cualquier guiri y, si no, que se lo pergunten a Victoria Beckham, para quien “España huele a ajo”). Pero, aquí viene lo original, en mitad de ese paisaje idílico afloran enormes bloques de edificios -dignos de la costa mediterránea- que, curiosamente, a pesar de ser horrendos en realidad, en el grabado no desentonan y se muestran como si fueran templos.








