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Cabecero

2 Marzo, 2009

Ya dije que estaba haciendo el cabecero de la cama. Hacía tiempo que estaba buscando uno, pero venía a sucederme lo que siempre me suele ocurrir con este tipo de atrezzos: lo que hay, o bien no me gusta, o bien es extremadamente caro. Así que viendo el percal me acorde de una frase de Bukowski -creo que la puse en alguno de mis primeros posts- que venía a decir que si te defrauda lo que te ofrecen, lo mejor que puedes hacer es hacerlo por ti mismo. Y, bueno, ya que tenía manos y que sabía más o menos lo que quería… Por mi parte, a pesar de toda la arrogancia que va con la frase, créeme si te digo que no me cubrí de vanidad o de algo parecido: era más que consciente de que el resultado podía ser un churro más que un éxito y, como nunca en mi vida he tocado un palo, ni siquiera para darle al agua,  ni de lejos podía ser optimista; aunque, a modo de acicate, para clarear los nubarrones de dudas, recordaba que cuando hago alguna cosa, ésta casi nunca se convierte en un fiasco demasiado hiriente.  

Ya tenía decidido que lo iba a hacer, pero no el cuándo. Precisamente, ese cuándo me lo encontré de bruces al toparme en una tienda con una celosía de flores labradas. La tenían como adorno de pared, pegada a un trozo de madera pintada en plata. La compré, y lo primero que hice cuando llegué a casa fue separar a esa maravilla de aquella aberración. Lo siguiente fue ir a la ferretería para hacerme con algo de lija, betún de judea, de pinceles, de guantes de látex, de cera para muebles y de una especie de broca para el taladro que sirve para dar lustre.

A continuación, tenía que usar lo que había comprado: lijar, pintar, encerar, abrillantar con un trapo, pasarle el secador (de pelo) para fundir el exceso de cera y, por último, abrillantar con la cosa esa que le puse al taladro. O sea: horas, más horas, y respirar algo que parece que no es bueno. El resultado fue tan bueno que la celosía se pasó dos semanas en la terraza para que se le fuera el tufo que despedía a causa de los potingues que le había echado.

El siguiente paso era más complejo. Compre un tablón de 170×60 y cuatro listones de 8 centímetros de ancho (dos de 170 y otros dos de 60); además, los hice tornear para que el invento se asemejara a los muebles que ya tengo en el cuarto. A parte de eso, me hice con más lija, un buen regimiento de tornillos, cola de carpintero, masilla, un recambio de rodillo, tres frascos de tinte para madera (color sapelli que era el que más se parecía con lo que hay en el cuarto), un par de sprays de barniz satinado y un par de enganches para la pared, de esos que llevan los muebles de cocina.

Cuando tuve las maderas, de lo primero que me di cuenta es que las rectas paralelas divergen y que el concepto de dimensión es relativo: no cuadraba nada; cuando ponía los listones en el tablón, éstos sobresalían y, cuando ponía el borde del tablón a ras con el del listón, veía que no eran igual de rectos. Así que más que listones tenía tontones… Con un serrucho que le choriceé a mi padre recorté los excesos. Acto seguido atornillé los listones en el tablón y, con un cuchillo (sí, al no tener un cutter, me valí de un cuchillo que para un ratillo bien hace un apaño), hice que las divergencias de un milímetro fueran convergencias adimensionales. Los huecos de las juntas del marco los rellené con masilla y, luego, con la lija, lo dejé todo liso, suave y homogéneo.

Por mucho que te haya impresionado lo del cuchillo y por extraño que parezca, la astucia funcionó: no se nota para nada a pesar de que no fuera jamonero.

Sigo. En cuanto tuve toda la habitación llena de serrín, como no había suficiente mierda en el ambiente, cogí el secador del pelo y se lo pasé por todo el madero para quitar el serrín de allí. Tocaba tintar las maderas y el polvo es un incordio en esas ocasiones. Y ahí estaba pasando el rodillo por toda aquella inmensidad; una mano, otra mano, una tercera, y ¿por qué no una cuarta? En definitiva, no sé cuántas manos de tinte di. Paré cuando aquello tenía un color que se asemejaba más o menos al que buscaba. Cuando se secó, pasé un paño para eliminar el polvillo que se dejó el tinte y le pasé ¡cómo no! el secador del pelo…

Lo del barniz fue difícil al principio. Pequé por pardillo y por no leer. Resulta que el spray traía una protección en el pulsador de tal forma que, para poder usarlo, tenías que quitar una pequeña arandela de plástico que estaba colocada entre el bote y el pulsador. Yo, como soy un borrico, me dejé el dedo apretando como un animal hasta que conseguí que de allí saliera barniz (pulsaba con el dedo gordo de la mano que agarraba el bote y, con la otra, apretaba sobre mi maltrecho dedo). Después de sudar un rato por los esfuerzos, de llorar por mi dedo y, cuando gasté el primer bote, pensé que con el segundo la cosa no podía ser así, que algo hacía mal. Por eso me puse a leer el bote para ver qué demonios me podía estar pasando… y la causa ya te la he contado.

Cuando estuvo todo seco, sólo me quedaba atornillar la celosía. Este era un paso peligroso, porque tenía que taladrar el tablero en diez puntos muy concretos. Para ver dónde hacía los agujeros, antes de perder la vida midiendo, remidiendo, y calculando como cuadrar algo asimétrico (como atornillaba por una cara que no se ve, las medidas tenían que estar espejadas), me acorde de la “navaja de Occam”: la mejor solución de todas suele ser la más simple. Así que puse a prueba mi ingenio y, después de pensar un poquillo, me decanté por la solución más simple que se me ocurrió: uní tres o cuatro hojas de periódico, las tiré en el suelo, le coloqué encima la celosía y, tal y como hacen los niños con su mano, con un lápiz marqué todo el perfil; recorté el perfil, el papel resultante me sirvió para marcar la posición de los tornillos (le di la vuelta a la celosía y, encima de ella, con la plantilla fue coser y cantar); centré en el tablón el perfil de papel con los puntos del taladro marcados, cogí el taladro y taladré la madera, quité la plantilla de papel, cogí la celosía, cogí los tornillos y, por arte de magia, todo funcionó a la primera… ¡MARAVILLOSO!

cabecero

 

Después de todo esto, colgar el cabecero en la pared fue lo más fácil. El resultado ha sido mejor de lo que me esperé en un principio, aunque también tiene algunos defectos, pero hay que fijarse demasiado para darte cuenta. En fin, todo muy bonito, pero, ahora, límpialo todo. Haciendo cuentas he invertido casi trescientos leuros y más horas que un tonto; me lo he pasado bien, pero no repetiré.