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Burocracia inútil

3 Junio, 2008

Hace poco tuve que hacerme un reconocimiento médico, de esos de castañuelas y pandereta. Resultaba que tenía que presentar ante un organismo público un certificado oficial que dijera que estoy como una coliflor. El día que lo hice iba con el agua al cuello porque siempre dejo las cosas para última hora y, precisamente, aquella mañana, por motivos que no vienen a cuento, más. Por eso decidí ir a tiro fijo, y no intentar otras opciones que podían ser peores que cruzar –en dos ocasiones- la ciudad en hora punta. Así que me fui a la Delegación de Tráfico, allí seguro que iba a encontrar rápido –pensé- uno de esos centros en donde hacen los reconocimientos.

Acerté. Justo en la puerta de Tráfico había varios sitios en donde podía conseguir el dichoso papel. Si los que te haces para el carnet de conducir son ya de por sí ridículos, éste del que te hablo lo fue más –quizás el adjetivo que lo defina mejor sea kafkiano-. En la puerta de uno de esos centros había una chica -casi adolescente- intentando captar clientes; con cierto aire desganado me ofreció entrar, y yo, por rebeldía, y porque ni siquiera me sonrió, me metí en el que estaba justo al lado. Al entrar, me encontré ante una recepción minúscula, una chica a modo de recepcionista, y un hombre sentado, de brazos cruzados, y con cara de aburrimiento.

Le empecé a contar a la recepcionista lo que quería pero ahí se quedó la cosa porque nos interrumpió el hombre que estaba sentado. Era el supuesto médico. Ese hombre, que supongo frustrado en cuanto a amor propio pero no en cuanto a asuntos de bolsillo, me preguntó que qué era lo que quería. Después de explicarle cuáles eran mis motivos me respondió que todo era muy sencillo: tenía que ir al estanco de al lado para comprar un impreso oficial y regresar allí para rellenarlo. Volví a la “clínica” en cuanto tuve el papelito; a continuación, me hizo pasar a una sala destartalada, mal iluminada –supongo que para ahorrar gastos-, y con unos muebles que debían rondar mi edad. Allí me hizo dos preguntas. La primera era repetida: me pidió que le dijera qué era lo que quería que apareciera en el informe. Se lo volví a explicar. La segunda fue más profesional, me pregunto si padecía alguna enfermedad o alergia. Le dije que no. Seguidamente siguieron cinco minutos de silencio –quizás menos- momentáneamente interrumpidos por el ruido que producía la escritura pomposa del galeno, su firma, un sello, y el trasiego de dinero que iba desde mis manos hacia las suyas. Solo faltó que me diera una palmadita en la espada y que me dijera: “aquí tienes, tiaco”.

Ambos obtuvimos lo que queríamos pero, al salir por la puerta de aquel antro y de pellizcarme un par de veces, se me antojó una ligera sensación de estafa por los treinta Euros que me habían cascado. Estoy seguro que él también pensó lo mismo yo; pero el hombre cobraba sus certificados como todos los días.

Es cierto que se me ve sanote, pero es como si se me escapase algo en toda esta historia (¿profesionalidad?). Aunque la verdad es que para qué para hacer por dos veces el paripé –a fin de cuentas el certificado era un mero formalismo-: examinarme la tensión, vista, reflejos, oido, y el líquido de frenos y, luego, escribir que todo está bien… Mejor es fiarse del cliente para hacer sólo el importante –y de esta forma todos contentos-.

De todas formas, ya lo sé para la próxima vez: intentaré hacer las cosas con más tiempo, buscaré a algún amigo o familiar médico para que me eche una firma desinteresada. Me saldrá más barato, además, seguro que así después me voy de cañas.

Oyendo Empire de Kasabian.