La otra tarde cogí el coche para darme una vuelta por algunos pueblos del sur de Granada (Murtas, Albuñol…). Un amigo me comentó que me podía gustar. No por los pueblos en sí, que por lo visto no son nada del otro mundo, sino por el propio camino (él lo hizo en moto) y por las vistas que tiene: kilómetros y kilómetros de mar y de costas granadinas. Pues nada, manta, carretera y cámara con el objetivo de fotografiar una puesta de sol sobre el mar desde lo alto de una colina. Bajé a Órgiva y desde allí, subí y subí serpenteando por una carreterilla desierta que me llevó hasta la cresta de una montaña –en donde me habían dicho que estaba el paisaje-. Sin embargo, durante la subida, pronto apareció la niebla; así que de vistas, nada. No me pareció mal tampoco y, en cierto modo, hasta lo agradecí. Porque, en este lugar, más sólo que la una, bajé las ventanillas para notar el aire fresco y éste a su vez me hizo olvidar los calores que tenemos en la ciudad; lo hice, también, para que entraran la humedad de la nube y los olores de la tierra húmeda, de los hierbajos silvestres y de un mar que estaba cerca pero que no se podía ver.
La pantalla del GPS estaba llena eses que salían y entraban, con la flecha apuntando como loca de un lado para otro porque nunca había una dirección constante; y yo le decía al aparato que no se preocupase, que me daba igual si se equivocaba o no. Conducía a placer, cambiando de segunda a tercera cada dos por tres, sin música, puesto que el ronroneo del motor es más que suficiente en estos casos. En una de éstas vi a un perro de aguas, estupendo, solo, y también en mitad de la carretera. Nos saludamos y los dos seguimos a lo nuestro. Al rato me topé con la razón del chucho solitario: sus ovejas y el pastor, o sea, el dueño de las ovejas y del perro. ¡Cómo no!, todos en mitad de la carretera. El buen hombre me preguntó algo que no entendí y que supuse como la hora puesto que señaló con un dedo sucio su muñeca sucia. Son las ocho –le dije- y tanto él como sus ovejas y yo seguimos a lo nuestro -adiós, buenas tardes-. Anduve un poco más, hasta que pensé bien las cosas y me di la vuelta: total, con la niebla no se podía ver nada… Por eso, al rato volví a saludar al pastor y luego a su perro (si tuviera una casa con jardín y si tuviera menos escrúpulos, hubiera dejado al pastor sin perro). En total hice 160Km, tres fotos y el mar lo dejaré para la próxima.


Oyendo White Shadows de Coldplay.


