Es para quitarse el sombrero ante Miguel Delibes, menudo libro es éste. Me ha gustado desde el principio hasta el final. Toda la trama transcurre en el velatorio de Mario, el muerto. Allí, cuando la viuda se retira un rato para descansar, le empieza a reprochar al difunto todas las penurias que ha pasado por culpa suya. Apenas si hay diálogos, casi toda la obra se limita a una transcripción literal de los pensamientos de Carmen, la mujer de Mario, y así, como sucede con los pensamientos o al menos en los míos, se embarruntan frases que van y vienen, estribillos, y anécdotas recurrentes desde el inicio hasta el final.
Después de todo, me ha quedado medio claro, ya que sólo se puede conocer la versión de Carmen, que Mario la maltrataba puesto que la ignoraba al no preocuparse por los pequeños caprichos de su esposa, justos la mayoría de ellos. Como ejemplos, ella le había pedido mil veces que se comprara un coche, aunque sólo fuera un seiscientos. Mil veces quiso que le leyera los poemas que Mario le había escrito, pero sin ningún éxito; otras mil veces que escribiera un libro “con sentido”, de lo que todo el mundo entiende “de amor”, por ejemplo, y no cualquiera de sus libros infumables que no entendía “nadie”. Tampoco le perdonaba que tuviera más en cuenta a sus amigotes de bar que a ella, o que no le contara algo de sus antiguos amores o que no hicieran el amor en la noche de bodas porque “le daba vergënza”…
Sin embargo, por la forma de pensar de Carmen, Mario también debió ser un maltratado. Siendo él un hombre culto, comprometido con la sociedad y el mundo que le rodeaba, que trataba a todas las personas con justa dignidad (salvo a su esposa) contrasta con la forma de pensar de su esposa: una persona axfisiantemente de pensamientos rígidos y caducos, machista, que vive del qué dirán, con un concepto sesgado de la gente a las que sólo distingue entre ricos y pobres, y que desprecia en cierto modo aquello que signifique conocimiento… Por eso, me parece un matrimonio de sordos en donde los dos sufrían por no intentar escucharse ni ceder un poco ni ponerse el uno en el lugar del otro.
En fin, está escrito de una manera estupenda y, escarbando un poquito, aparecen grandes trazas de humor negro, de humor inocente como contrapunto, y una descripción extremadamente realista de todas las escenas.
“Las barbas de Moyano y su palidez de muerto hacían bien en el velatorio. En cambio, el mechón albino de Valen, denotaba. “Cuando me lo dijeron no podía creerlo. Si le vi ayer”. Carmen se inclinaba y la besaba en las dos mejillas. En realidad no se besaban, cruzaban estudiadamente las cabezas, primero el lado izquierdo, luego el derecho, y besaban al aire, tal vez algún cabello desmandado, de forma que una y otra sintieran los chasquidos de los besos pero no su efusión”.
1 Julio, 2009 a las 6:26 pm |
Me alegro de que te guste Delibes, cosa muy normal por otra parte.
Si no lo has hecho ya, te recomiendo leer todos los libros de Delibes. No hay uno malo.
2 Julio, 2009 a las 9:37 am |
Todos los que he leído de él (“el camino”, “las ratas”, “el príncipe destronado” y “los santos inocentes”) me gustaron mucho. Ahora estoy con “la hoja roja”. Ya te contaré.