Masaje capilar

By Daniel

El otro día me estaba cortando el pelo y en éstas veo un cartelón que ofertaba un masaje capilar junto con un bote de acondicionador de regalo. Todo por seis euros. Pensé que la cosa era fiel al dicho de lo comido por lo servido, más un masaje de regalo, porque venía a costar lo que vale un bote de acondicionador, algo que uso todos los días. De todos modos, como nunca había probado eso del masaje capilar, le pregunté al peluquero de qué iba la historia. No necesitó mucho para convencerme, lo hice más por el bla, bla, bla que para saber.

Ya en faena, al principio me reí. Sí, una actitud un poco gilipollas, pero no me pude conter cuando al tipo va y me pone sobre la cabeza mojada uno de esos artilugios –que yo antes sólo había visto en los puestos de los mercadillos- que consisten en una especie de rastrillo cónico de púas largas de metal. No obstante, en cuanto se me pasó la risa floja, me di cuenta de que aquel cacharro relaja una barbaridad. Además, el acondicionador tenía mentol con lo que la cabeza pasaba de tener un calorcillo refrescante a un frescor no menos cálido.

Después del rastrillo, el peluquero empezó a amasarme el cuero cabelludo. El colega me dijo que inevitablemente se me iban a caer cien pelos y yo, como soy precavido, con cuidado fui mentalmente contando cada uno de los tirones, uno tras otro, hasta que conté ciento uno.

Luego, después de aclarar, de secarme el pelo y de peinarme, me fui a casa más contento que un niño con un par de zapatos nuevos, con la cabeza bien fresquita y un bote del susodicho engrudo bajo el brazo. En cuanto a los efectos del acondicionador, a parte del efecto mentolado frío-calor, ha sido éste uno de los pocos que ha tenido esa extraña virtud de que, cuando apoyo la cabeza sobre la mano, ésta se resbala; fenómeno que ya ha provocado que me dé un par de ilustres calamonazos contra la mesa. En fin, buen descubrimiento, aunque seguro que voy por ahí echando un tufo a chicle…

Escribe un comentario