Croquetas otra vez

By Daniel

La cosa no podía quedar ahí. El otro día hice las croquetas sin el pan rallado y no salieron como tenían que salir. En cierto modo estaba un poco frustrado y, como las fortunas casi nunca me han caído del cielo, sino más bien se han tumbado a fuerza de empeño y tozudez, volví a plantarle cara al plato. Pero, esta vez, con todos los ingredientes al lado, sin faltar ninguno. Hasta ahí íbamos a llegar, un par de croquetas no achantan a nadie, ¡hombre!

Y, a pesar de todo, como todo es susceptible de mejora, varié la receta del otro día: en vez de sólo jamón, las hice de jamón y pollo (eso, que alimente); a la bechamel le eché menos cebolla, también le añadí un poco de nuez moscada y, en lugar de cerveza y agua, herví la cebolla con el caldo que me quedó tras haber cocido la pechuga. El resultado ha sido bastante mejor del esperado: rozan la maestría que pude dar el haber cocinado el plato en tan sólo dos ocasiones: han quedado muy cremosas y del sabor ni hablo.
Después, para celebrarlo, cené un par de lubinas al horno. Más que nada porque el pescado se iba a poner malo, así que las croquetas las he metido en el frigo para otro día.

croquetasII

¿Y tanta historia para no cenarlas? Bueno, yo lo que en verdad quería hacer era eso: hacerlas bien. Una vez conseguido ya no tiene tanto valor. Por ejemplo, aunque a mucha menor escala, viene a ser lo mismo que la sensación que tuve cuando acabé la carrera: antes de terminar, pensaba que el día que viera superada mi última asignatura estaría dos semanas dando botes de alegría, pellizcándome cada cinco minutos… la verdad es que no hice nada de eso; la celebración real duró un par de segundos y básicamente consistió en dicir para mis adentros un agradecido y respetuoso: “anda y que les den por culo” (para los profesores malos, a los buenos ya les di las gracias en su día). Puede que fuera porque entonces estuviera de werkstudent en Alemania y me enterara de la nota por teléfono, pero, a pesar de que ésta era muy buena continué con lo que estaba haciendo, como si nada. Por supuesto que me alegré de terminar aquel suplicio de carrera (en cuanto a sacrificio y dedicación, pero en realidad me gustaban mis estudios), aunque después del infierno de Físicas, el segundo ciclo de una Ingeniería fue un paseo (al menos la que yo hice). En cambio, lo que sí me ha sucedido alguna que otra vez es tener una pesadilla al soñar que aún no tengo el título. Y como al final uno tiene un corazoncito, el pobre es capaz de reventar de una taquicardia por soñar algo del estilo, si bien el título en sí ni se aprecia ni se valora ni se reconozce en nuestro país (otro título más de tantos: aquí si no eres médico, fontanero o albañil -y ya ni ellos- estás valorado).

Escribe un comentario