Pues te dije en una ocasión que solía tomar té cuando me ponía a escribir estas cosas. Hoy me ha dado por un whisky doble con hielo. También es cierto que la hora acompaña a eso: las manecillas del reloj se acercan a la medianoche. Una frescura alegre entra por la ventana que contrasta en mi piel con la tibieza que aún inunda la habitación. Mi situación tampoco es mala; estoy casi recostado en el sofá con las piernas apoyadas sobre la mesita, el portátil sobre mi regazo, con el vaso acompañándome en el otro asiento del sofá. He puesto el canal de videoclips como música de fondo pero no le estoy prestando atención. Si miro por la ventana y aparece ante mí una luna enorme que, aunque sean unas metáforas muy manidas, es como un queso, una bola, una perla, o los ojos de alguna. Antes, he estado observando la estantería de enfrente, concretamente a mis dos bonsais, preguntándome por qué sobreviven a pesar de mis podas y alambres. Oye, hasta parecen sanos, pero supongo que el asunto no tiene mucho misterio: como con todo lo que se quiere mantener sólo hay que poner una pizquilla de uno mismo.
Hoy ha sido un día cansado. No por el trabajo, sino más bien porque es jueves, y las seis horas de sueño al día me están pasando factura. Eso es, nada es gratis: o tetas o sopas. Ahora podría estar durmiendo, pero qué quieres que diga, ¡que me quiten lo bailao! ¿y lo que estoy disfrutando con el fresquito que entra por la ventana? Eso… eso no tiene precio.
Después de toda la marabunta anterior, tendría que hablar de algo, ¿no? Si no, vaya rollo macabeo el que llevas leído. Pues no lo sé, igual sigue así, o igual me inspira mi amigo -el Escocés- aunque por ahora el puñetero no me dice nada. Da lo mismo.
Acabo de borrar lo que me había aconsejado mi Chivas. Aparte, el vaso, ya vacío, y una cama que me llama a gritos. Al final me ha quedado un rollo de post.
Oyendo Te Favorece Tanto Estar Callada de Los Niños Mutantes.