Hoy quería hablar de la señorita Trombón y, sincerándome un poco, acabo de borrar todo lo que levaba escrito sobre ella porque estaba resultando demasiado ñoño. Así que ahora intentaré que sea la definitiva por la cuenta que me trae.
Después de tantísimos años, ¿qué puedo contarte de la señorita Trombón, si sólo la conocí de vista y cuando, ahora, no me queda más que un recuerdo difuso? Si aún sigues leyendo esto, empezaré por el nombre porque supongo que, a estas alturas, te habrá creado cierta intriga. Estoy seguro de que éste te resultará un tanto infantil y, tienes razón, ciertamente lo es; sólo a unos tontos o a unos niños –o a unos niños tontos- se les podía haber ocurrido el mote de “trombón”. Pero ocurre que, inevitablemente, sobre todo a ciertas edades, uno no tiene en el cuerpo ni tanta cabeza ni tanta sutileza como para andarse rizando el rizo. Por eso, en aquellos días debimos pensar que lo de “trombón” le venía como anillo al dedo a esta mujer y en cierto modo no nos faltaba razón: ella era muy gorda, y este instrumento musical se caracteriza por ser grande y pesado. Además, queriendo buscar un instrumento, teníamos pocas posibilidades puesto que un chaval de párvulos apenas si se conoce alguno -guitarras, pianos, trompetas, violines, trombones, tambores y para de contar-; así que no tuvimos elección, porque ése es de los que más gracia nos debió hacer por lo rimbombante de su nombre y por el sonido tan divertido que produce.
En cuanto a lo de “señorita”, lo tuvimos que poner sin dudarlo. Vino porque tenía que ser así y no desde una supuesta educación, puesto que, salvo las mujeres de la familia, aquellas que estaban cercanas a ésta, también las compañeras de clase –las unas eran madre, tías, hermanas, primas, abuelas, y las otras eran Eva, Paula, Teresa, Mercedes, Carmen, Laurita… a secas-, nosotros sólo conocíamos a señoritas, o sea, a las profesoras de la escuela. Así que la Trombón se quedó con lo de señorita por delante que, por cierto, ironías y crueldades a parte, era vieja.
Por eso, el nombrecito tenía su enjundia. Como te he dicho: gorda y vieja. Pero no queda ahí la cosa, para ponerle a alguien un mote, previamente, te ha tenido que llamar la atención para que así se cree la necesidad del sobrenombre. De esta forma, lo que más nos llamaba la atención no era que fuera ni gorda ni vieja ni fea ni los vestidos que llevaba, que parecían ser los descendientes de unas cortinas; ni que todas las mañanas, a la hora del recreo, se quedara en la verja para vernos jugar -esto me hace pensar que o tenía un nieto por ahí dando tumbos o que simplemente le gustaban los niños, aunque si supiera la panda de cabrones que éramos, otra cuenta se hubiera hechado-. No, no era nada de eso. Lo que sí nos impactaba era su maquillaje. Impresionaba el azul eléctrico que cubría sus párpados –como si realmente intentara emular a los brillos metálicos de un trombón-, o las aberraciones con forma de coloretes sobre sus mejillas, o las ingentes cantidades de carmín bermellón que le debían pegar los labios.
Desde aquel momento, cuando el maquillaje de alguna me llama la atención, me acuerdo de mi señorita Trombón. Tras la comparación, sin embargo, nunca he encontrado a otra que haya podido igualar el cuadro que con tanto esmero llevaba nuestra señorita encima de su cara. Créeme, alguna se le ha acercado mucho, pero, quizás por la idealización de conceptos que con el tiempo amasan algunos recuerdos, ninguna le ha podido destronar del primer puesto.
Han pasado unos veintiocho años desde que la vi por última vez. No sé que ha sido de ella, si ha fallecido o no; ni tampoco si era señora o señorita; ni si tenía nietos en el colegio o no; ni si sólo le gustaba vernos jugar o, simplemente, se fijaba en las hormigas del patio… Lo único que sé de la señorita Trombón es que, fuera quien fuera, le plantamos un gran mote.