Fin de semana en Cádiz

24 Junio, 2008 by Daniel

El fin de semana pasado me fui a pasarlo a la casita de campo de mis padres en Cádiz. Salí el viernes por la tarde después de tomar unas cuantas tapas con unos compañeros del trabajo y volví el Domingo justo para ver el partido de España.

Ha sido un descanso merecido. He desconectado de la rutina como hacía tiempo que no lo conseguía. El lunes, cuando me he puesto a trabajar, no me acordaba qué era lo que tenía pendiente del viernes. Sentí esé día a años luz.

En ese tiempo he disfrutado de la compañía, del buen tiempo, de una pedazo de mariscada el sábado, y un buen par de copazos en un sitio que gratamente hemos descubierto.

Por lo demás, fueron días de playita, de fotos raras y no tan raras.

Oyendo Violet Hill de Coldplay

Una noche tranquila de (casi) verano

24 Junio, 2008 by Daniel

Pues te dije en una ocasión que solía tomar té cuando me ponía a escribir estas cosas. Hoy me ha dado por un whisky doble con hielo. También es cierto que la hora acompaña a eso: las manecillas del reloj se acercan a la medianoche. Una frescura alegre entra por la ventana que contrasta en mi piel con la tibieza que aún inunda la habitación. Mi situación tampoco es mala; estoy casi recostado en el sofá con las piernas apoyadas sobre la mesita, el portátil sobre mi regazo, con el vaso acompañándome en el otro asiento del sofá. He puesto el canal de videoclips como música de fondo pero no le estoy prestando atención. Si miro por la ventana y aparece ante mí una luna enorme que, aunque sean unas metáforas muy manidas, es como un queso, una bola, una perla, o los ojos de alguna. Antes, he estado observando la estantería de enfrente, concretamente a mis dos bonsais, preguntándome por qué sobreviven a pesar de mis podas y alambres. Oye, hasta parecen sanos, pero supongo que el asunto no tiene mucho misterio: como con todo lo que se quiere mantener sólo hay que poner una pizquilla de uno mismo.

Hoy ha sido un día cansado. No por el trabajo, sino más bien porque es jueves, y las seis horas de sueño al día me están pasando factura. Eso es, nada es gratis: o tetas o sopas. Ahora podría estar durmiendo, pero qué quieres que diga, ¡que me quiten lo bailao! ¿y lo que estoy disfrutando con el fresquito que entra por la ventana? Eso… eso no tiene precio.

Después de toda la marabunta anterior, tendría que hablar de algo, ¿no? Si no, vaya rollo macabeo el que llevas leído. Pues no lo sé, igual sigue así, o igual me inspira mi amigo -el Escocés- aunque por ahora el puñetero no me dice nada. Da lo mismo.

Acabo de borrar lo que me había aconsejado mi Chivas. Aparte, el vaso, ya vacío, y una cama que me llama a gritos. Al final me ha quedado un rollo de post.

 Oyendo Te Favorece Tanto Estar Callada de Los Niños Mutantes.

La montaña de sal

16 Junio, 2008 by Daniel

Me levanté el sábado con ganas de pescado. Por una parte, había pasado bastante tiempo desde la última vez que cociné algo que no fueran espaguetis y, por otra, hacía tiempo que no cataba el pescado.  Me fui al supermercado con la idea de pillar un par de lubinas para ponerlas a la sal. Como ya te he comentado en alguna ocasión, es un plato muy fácil de hacer y muy agradecido.

Allí estaba la pescadera, que ya me conoce de vista, y que hasta me ríe las tonterías que le digo. Aunque, pensándolo mejor, a mí sí que me sonaba su cara de otras ocasiones -fácil por lo guapisima que es-, en cambio, de lo contrario no te aseguro nada -tendré que comprar pescado con más frecuencia-.

No sé si a causa de la huelga A, o quizás por la huelga B, o por casualidades de la vida, en la pescadería del Hipercor no había ni una sola lubina. Para que mi gozo no quedase en el fondo de un pozo, me conformé con un par doradas con cara de apaño.

Cuando me da por estas cosas, en mi cocina empieza una fiesta que tiene unos pasos inexcusables que cumplo religiosamente: El primero tranquilidad, no hay prisa: si termino comiendo a las cuatro o a las cinco, no pasa nada. Segundo, un vinito par ir calentando motores e ir abriendo el apetito: Ese día tocó un Pedro Ximenez. Así, entre sorbito y sorbito, pensaba en cómo iba a atacar a ese pescado que me miraba con ojos raros. Tercero, que no falten unas tapitas de algo. El vino muy rico… pero hay que mezclarlo con algo; para eso tenía un poco de mojama de atún, butifarra, y un cabrales que cortaba la respiración. Ya sé, son unas mezclas muy raras, pero, te digo, lo último que tengo es prisa con lo que antes o después van cayendo una detrás de otra. También, como el Pedro Ximenez cansa por lo empalagoso que es, me pasé a la cerveza. El cambio lo agradecí porque ya empieza a hacer calor -mas con el horno rabiando al lado- y mi cerveza estaba heladísima, casi a punto de ser una granizada.

Por último, le llegó el turno al pescado. El horno precalentado a 200ºC. Metí la bandeja con el bicho dentro de una montaña de sal y, para hacer algo útil durante la espera –unos 15 minutos-, me tomé otra cerveza.

Rizando el rizo, si te fijas en el reflejo de la puerta del horno, te darás cuenta que llevo la camiseta de España del mundial del 2002. No he visto una camiseta más fea -me recuerda al traje de Milikito cuando vestía de payaso- y que de más calor -se supone que es de un tejido supertranspirable-. Del fútbol te puedo decir que me importa un carajo, pero estos partidos los suelo ver -ese día España-Suecia- y, ya que me compré la camiseta, me la pongo en estas ocasiones para amortizar el gasto (haciendo la media voy por 10€ la puesta).

A lo mío, que se me pasa el pescado. La dorada ya está a punto. Hay que rescatarla del fondo de la montaña de sal. Se le quita con cuidado, y ahí está, con un aspecto inmejorable, directa al plato y lista para incarle el diente.

Después de tanta historia,  en quince minutos terminó todo en mi estómago –el bicho muy rico, sí, aunque prefiero la lubina- pero así es la vida, como en otras tantas cosas, a veces se disfruta más en los prolegómenos. Todo terminó como siempre acaban estas cosas: con los platos metidos deprisa y corriendo en el lavavajillas, y yo tirado en la cama. Me esperaban un par de horas de siesta. Nada emocionante, ya lo sé, pero de vez en cuando apetecen estas cosas.

Escuchando Going On the Gnarls Barkley.

Burocracia inútil

3 Junio, 2008 by Daniel

Hace poco tuve que hacerme un reconocimiento médico, de esos de castañuelas y pandereta. Resultaba que tenía que presentar ante un organismo público un certificado oficial que dijera que estoy como una coliflor. El día que lo hice iba con el agua al cuello porque siempre dejo las cosas para última hora y, precisamente, aquella mañana, por motivos que no vienen a cuento, más. Por eso decidí ir a tiro fijo, y no intentar otras opciones que podían ser peores que cruzar –en dos ocasiones- la ciudad en hora punta. Así que me fui a la Delegación de Tráfico, allí seguro que iba a encontrar rápido –pensé- uno de esos centros en donde hacen los reconocimientos.

Acerté. Justo en la puerta de Tráfico había varios sitios en donde podía conseguir el dichoso papel. Si los que te haces para el carnet de conducir son ya de por sí ridículos, éste del que te hablo lo fue más –quizás el adjetivo que lo defina mejor sea kafkiano-. En la puerta de uno de esos centros había una chica -casi adolescente- intentando captar clientes; con cierto aire desganado me ofreció entrar, y yo, por rebeldía, y porque ni siquiera me sonrió, me metí en el que estaba justo al lado. Al entrar, me encontré ante una recepción minúscula, una chica a modo de recepcionista, y un hombre sentado, de brazos cruzados, y con cara de aburrimiento.

Le empecé a contar a la recepcionista lo que quería pero ahí se quedó la cosa porque nos interrumpió el hombre que estaba sentado. Era el supuesto médico. Ese hombre, que supongo frustrado en cuanto a amor propio pero no en cuanto a asuntos de bolsillo, me preguntó que qué era lo que quería. Después de explicarle cuáles eran mis motivos me respondió que todo era muy sencillo: tenía que ir al estanco de al lado para comprar un impreso oficial y regresar allí para rellenarlo. Volví a la “clínica” en cuanto tuve el papelito; a continuación, me hizo pasar a una sala destartalada, mal iluminada –supongo que para ahorrar gastos-, y con unos muebles que debían rondar mi edad. Allí me hizo dos preguntas. La primera era repetida: me pidió que le dijera qué era lo que quería que apareciera en el informe. Se lo volví a explicar. La segunda fue más profesional, me pregunto si padecía alguna enfermedad o alergia. Le dije que no. Seguidamente siguieron cinco minutos de silencio –quizás menos- momentáneamente interrumpidos por el ruido que producía la escritura pomposa del galeno, su firma, un sello, y el trasiego de dinero que iba desde mis manos hacia las suyas. Solo faltó que me diera una palmadita en la espada y que me dijera: “aquí tienes, tiaco”.

Ambos obtuvimos lo que queríamos pero, al salir por la puerta de aquel antro y de pellizcarme un par de veces, se me antojó una ligera sensación de estafa por los treinta Euros que me habían cascado. Estoy seguro que él también pensó lo mismo yo; pero el hombre cobraba sus certificados como todos los días.

Es cierto que se me ve sanote, pero es como si se me escapase algo en toda esta historia (¿profesionalidad?). Aunque la verdad es que para qué para hacer por dos veces el paripé –a fin de cuentas el certificado era un mero formalismo-: examinarme la tensión, vista, reflejos, oido, y el líquido de frenos y, luego, escribir que todo está bien… Mejor es fiarse del cliente para hacer sólo el importante –y de esta forma todos contentos-.

De todas formas, ya lo sé para la próxima vez: intentaré hacer las cosas con más tiempo, buscaré a algún amigo o familiar médico para que me eche una firma desinteresada. Me saldrá más barato, además, seguro que así después me voy de cañas.

Oyendo Empire de Kasabian.

Estar a la que salte

2 Junio, 2008 by Daniel

Aquí está, otro libro que he terminado. Estaba formado por un conjunto de artículos de Gregorio Salvador. Para mí ha sido un acierto leerlo. Primero, porque da que pensar; segundo, porque me ha resultado entretenido puesto que lo que cuenta no es ni tonto ni aburrido: en la mayoría de las veces habla de cómo somos,  y de cómo pensamos; tercero, porque es para leer sin agobios: hoy un par de artículos, mañana otros dos, sin prisas ya que no hay relación entre ellos -salvo un orden cronológico-, y, si quieres, puedes saltar de uno a otro como una rana; por último, cuarto, por esas palabras que también y tan bien une.
 
En cualquier caso, él da su opinión. Opinión que unas veces sí, y otras tantas no, coincide con la mía. Sobre este asunto me viene a pelo una frase de Churchill que él cita: “Sólo hay algo más ridículo que un joven conservador: un viejo revolucionario”, puede que ahí esté el quid: que yo sea joven, y él un viejo nada ridículo.

estar a la que salte

Oyendo Saw Something de Dave Gaham.

Cosas del cielo

26 Mayo, 2008 by Daniel

Esto es lo que ví el otro día desde la ventana de mi cuarto. Sólo comentarte que es un trozo de lo que se veía desde allí (he quitado la parte en la que aparecían edificios).

Escuchando Munich de Editors.

La Teoría del Todo

26 Mayo, 2008 by Daniel

Hace unos días que terminé este libro de Stephen Hawking. No es muy largo y se lee rápido ya que está escrito de forma amena –hasta se ha permitido el lujo de hacer bromas que tienen gracia- y su pretensión es sólo divulgativa. De todas formas, otra cosa bien distinta es entender todo lo que se dice (yo ni de coña lo he conseguido aunque tampoco lo he pretendido).

Está dividido en siete capítulos -los llama conferencias- en los que explica desde las primeras ideas que hubo del universo hasta las teorías actuales. A mí me ocurre que cuanto más viejas sean esas teorías mejor las entiendo, pero a modo que pasan los años la cosa se me complica hasta lo imposible. Por ejemplo, los agujeros negros me han quedado relativamente claros, pero con la teoría de cuerdas me he hecho un lío.


Escuchando y medio viendo el video de Let’s Go to the Bed de Yvy (más que nada porque la tal Yvy está como un queso).

De paseo con la cámara

19 Mayo, 2008 by Daniel

Pues fue que estando de fin de semana por las Alpujarras decidimos caminar un rato. Ya que había metido la cámara en el maletero, aproveché para llevármela conmigo. Casi no habíamos empezado el garbeo cuando nos encontramos con un chucho que no paraba de ladrar. Sin motivo aparente nuestra presencia le ponía histérico. Era el típico perro canijo que sólo sabe hacer eso, y al igual que todos los de su  ralea lo hacía porque tenía una reja tras la que escudarse, si no, seguro que habría estado más calmado. De todas formas, y mira tú por dónde, a pesar de la mala leche que gastaba resultó tener una expresión más humana que otros muchos que presumen serlo. Viéndolo ahora hasta parece un Santo por la pose medio mística que tiene por estar mirando al cielo.

 

Dejamos atrás al perro para tranquilizarnos todos. Tras caminar un poco más, nos topamos ante una de las calles típicas de los pueblos de allá. No es que la foto valga gran cosa –gran parte de ella está quemada-, y si la he puesto, más que nada ha sido por el tiempo que he pasado en ajustar algún color y en eliminar alguna de las antenas y cables que aparecían… (oye, a todos nos gusta tener electricidad y ver la tele pero, a veces, si se pretende vivir del turismo se deberían de cuidar más este tipo de cosas. Eso me trae a la memoria lo que dicen que ocurre en Granada: se vuelven locos quitando las antenas del Albaicín cuando viene alguna visita importante para que no se estropee la imagen que hay de la Alhambra).

La última foto que te pongo es la de un sendero que se veía en la montaña de enfrente. Manda huevos: aunque suene a simple –bueno, júzgalo tú- es la única frase que se me pasa por la cabeza cuando lo observo. A ver, lo ves ahí ¿no? Es un zigzag interminable que sube por el barranco. El tipo que hizo ese camino imposible para llegar a un cortijo, pueblo, o cualquier otro que hubiera sido su motivo, tiene mérito, ¿eh? Aunque igual el mérito fue de una burra… Sí, te cuento, no sé dónde leí que en casos similares, cuando se quería hacer un camino, lo que se hacía era hacerle caso a un burro. Se dejaba que caminara y el solito iba buscando el mejor camino… ala, ahí te llevas un GPS rústico. Bueno, si eso que te he contado es cierto, entonces hay algo que no me explico, ¿cómo le hacían entender al burro cuál era su destino? 

Escuchando Street Spirit de Radiohead.

Mudanza, pereza, y otras cosas

19 Mayo, 2008 by Daniel

Tras un ligero descanso debido a mudanzas –que casi han terminado-, pereza, y otras cosas que han ocupado mi tiempo, vuelvo por aquí. Ha sido un tiempo ajetreado de despedidas y bienvenidas, de coche para arriba y para abajo, pero bueno, todo empieza a normalizarse. No hay demasiadas cosas que contar. Supongo que las mismas de siempre y alguna nueva.

En fin, ya irán apareciendo.

El Danone

25 Abril, 2008 by Daniel

Al igual que él, también ha tenido una fecha de caducidad. En este caso ha sido un ocho de mayo. Ese mismo día empezaré un nuevo trabajo -y una nueva vida- lejos de Madrid. El origen de este cambio ha sido motivado por un grupo de circunstancias que no me apetece revelar porque no vienen a cuento, y porque son hartas de explicar.

Aunque para mostrar la fecha haya puesto la tapadera de un yogur a modo de testigo impertinente, no quiero que se entienda como una mofa hacia mi empresa o mis compañeros. A ellos les debo toda mi estima y agradecimiento posibles. No me voy de allí porque estuviera descontento. Es más, era precisamente ahora cuando estaba empezando a coscarme de las cosas, a disfrutar con mi trabajo, y a rendir de una forma relativamente digna.

En su día me quejé de que este último año fue difícil… y es cierto, pero también, y siempre que he pensado sobre ello, he llegado a la conclusión de que en su día tomé las decisiones adecuadas. Barajar otras consideraciones sería una tontería porque es jugar con hipótesis. En cuanto a todas las reacciones que acompañaron a mis diferentes acciones –y viceversa-, éstas tuvieron siempre algún aspecto positivo. Por descontado están las que fueron buenas, pero también las que resultaron ser una calamidad. ¿Por qué las malas consuelan? Porque se aprende de ellas: se trata de extraer de la experiencia del pasado una lección para el presente. Esta última frase la he sacado de un artículo de Umberto Eco que leí hace poco (aunque el artículo no tratara de lo mismo, la idea de fondo sí era la misma: aprender de los errores propios y ajenos para intentar evitarlos en el futuro)
 
Al igual que se dice de los niños que llegan al mundo, estoy seguro de que este nuevo cambio también llevará consigo una hogaza de buenas y malas circunstancias. No tengo ni idea del cuándo, cuántas y cuáles, pero eso es algo que ya se irá desvelando.

 
En fin, tiempo al tiempo. Por si las moscas me agarraré los machos y si cambio de opinión, siempre me quedará Madrid o el placer de zamparme un yogur con fresa.

Escuchando An End Has a Start de Editors.