Señora de rojo sobre fondo gris

9 Noviembre, 2009 por Daniel

Es la última novela de Miguel Delibes que he leído. El argumento es muy triste: un viejo pintor recuerda ante su hija los últimos días de su esposa, antes de que ésta falleciera a causa de una cruel enfermedad. En cualquier caso, es un libro estupendo.

“A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, la descubrí con el rostro asimétrico. Bajé la vista. Creyendo que se trataba de una alucinación, pero al levantarla de nuevo, la visión se confirmó: no era una alucinación. Su ojo derecho parpadeaba, en tanto que el izquierdo se mantenía inmóvil, hueco, insondable. El mismo desequilibrio se advertía en la boca: mientras la comisura derecha sonreía, la izquierda se desmayaba en un gesto de gravedad. Quise aferrarme a su mitad viva pero el miedo se había instalado en mí, la taza de té me temblaba en la mano y el estómago iba fraguando como si fuese cemento. ¿Te ocurre algo? Me hablaba por el lado derecho de la boca y yo captaba sus palabras por el oído izquierdo, mientras su ojo negro desorbitado me miraba fijamente, sin la menor piedad. Encogí los hombros y me acomodé en la mesa, los ojos contra las palmas de las manos, hasta que noté su brazo sobre mis hombros. Entonces, al levantar la cabeza, advertí que la disparidad había desaparecido: había vuelto a ser la misma. Callé. No le di explicaciones sobre el extraño fenómeno, ni lo comenté con nadie; pero me dejó la amarga impresión de que lo que había visto a través de su pupila estancada era la sombra de la muerte”.

La señorita Trombón

4 Noviembre, 2009 por Daniel

Hoy quería hablar de la señorita Trombón y, sincerándome un poco, acabo de borrar todo lo que levaba escrito sobre ella porque estaba resultando demasiado ñoño. Así que ahora intentaré que sea la definitiva por la cuenta que me trae.

Después de tantísimos años, ¿qué puedo contarte de la señorita Trombón, si sólo la conocí de vista y cuando, ahora, no me queda más que un recuerdo difuso? Si aún sigues leyendo esto, empezaré por el nombre porque supongo que, a estas alturas, te habrá creado cierta intriga. Estoy seguro de que éste te resultará un tanto infantil y, tienes razón, ciertamente lo es; sólo a unos tontos o a unos niños –o a unos niños tontos- se les podía haber ocurrido el mote de “trombón”. Pero ocurre que, inevitablemente, sobre todo a ciertas edades, uno no tiene en el cuerpo ni tanta cabeza ni tanta sutileza como para andarse rizando el rizo. Por eso, en aquellos días debimos pensar que lo de “trombón” le venía como anillo al dedo a esta mujer y en cierto modo no nos faltaba razón: ella era muy gorda, y este instrumento musical se caracteriza por ser grande y pesado. Además, queriendo buscar un instrumento, teníamos pocas posibilidades puesto que un chaval de párvulos apenas si se conoce alguno -guitarras, pianos, trompetas, violines, trombones, tambores y para de contar-; así que no tuvimos elección, porque ése es de los que más gracia nos debió hacer por lo rimbombante de su nombre y por el sonido tan divertido que produce.

En cuanto a lo de “señorita”, lo tuvimos que poner sin dudarlo. Vino porque tenía que ser así y no desde una supuesta educación, puesto que, salvo las mujeres de la familia, aquellas que estaban cercanas a ésta, también las compañeras de clase –las unas eran madre, tías, hermanas, primas, abuelas, y las otras eran Eva, Paula, Teresa, Mercedes, Carmen, Laurita… a secas-, nosotros sólo conocíamos a señoritas, o sea, a las profesoras de la escuela. Así que la Trombón se quedó con lo de señorita por delante que, por cierto, ironías y crueldades a parte, era vieja.

Por eso, el nombrecito tenía su enjundia. Como te he dicho: gorda y vieja. Pero no queda ahí la cosa, para ponerle a alguien un mote, previamente, te ha tenido que llamar la atención para que así se cree la necesidad del sobrenombre. De esta forma, lo que más nos llamaba la atención no era que fuera ni gorda ni vieja ni fea ni los vestidos que llevaba, que parecían ser los descendientes de unas cortinas; ni que todas las mañanas, a la hora del recreo, se quedara en la verja para vernos jugar -esto me hace pensar que o tenía un nieto por ahí dando tumbos o que simplemente le gustaban los niños, aunque si supiera la panda de cabrones que éramos, otra cuenta se hubiera hechado-. No, no era nada de eso. Lo que sí nos impactaba era su maquillaje. Impresionaba el azul eléctrico que cubría sus párpados –como si realmente intentara emular a los brillos metálicos de un trombón-, o las aberraciones con forma de coloretes sobre sus mejillas, o las ingentes cantidades de carmín bermellón que le debían pegar los labios.

Desde aquel momento, cuando el maquillaje de alguna me llama la atención, me acuerdo de mi señorita Trombón. Tras la comparación, sin embargo, nunca he encontrado a otra que haya podido igualar el cuadro que con tanto esmero llevaba nuestra señorita encima de su cara. Créeme, alguna se le ha acercado mucho, pero, quizás por la idealización de conceptos que con el tiempo amasan algunos recuerdos, ninguna le ha podido destronar del primer puesto.

Han pasado unos veintiocho años desde que la vi por última vez. No sé que ha sido de ella, si ha fallecido o no; ni tampoco si era señora o señorita; ni si tenía nietos en el colegio o no; ni si sólo le gustaba vernos jugar o, simplemente, se fijaba en las hormigas del patio… Lo único que sé de la señorita Trombón es que, fuera quien fuera, le plantamos un gran mote.

L’étranger

27 Octubre, 2009 por Daniel

De Albert Camus, premio Nobel de literatura de 1957. Me ha gustado esta novela aunque no me ha entusiasmado. Es extraña, pero es a su vez interesante. La historia empieza en día en el que el protagonista recibe un telegrama que le informa sobre la muerte de su madre. El argumento va del día a día, contado en primera persona, de un tipo raro. Por eso, entramos en su mundo. Vemos cómo ve él las cosas, a la gente en sí según él. Nos damos cuenta de las costumbres impuestas y asumidas, de cómo se juzga negativamente a la gente cuando no se las sigue e, incluso, me parece que entran también en juego el existencialismo -por analizar el sentido de la vida- y algo del absurdo -porque el protagonista comete un asesinato sin sentido alguno (si es que alguno lo tiene) y porque no hace nada para evitar el patíbilo, sólo por ser fiel a sus principios-.

«Si bien qu’au bout de quelques semaines, je pouvais passer des heures, rien qu’à dénombrer ce qui se trouvait dans ma chambre. Ainsi, plus je réfléchissais et plus de choses méconnues et oubliées je sortais de ma mémoire. J’ai compris alors qu’un homme qui n’aurait vécu qu’un seul jour pourrait sans peine vivre cent ans dans une prison. Il aurait assez de souvenirs pour ne pas s’ennuyer. Dans un sens, c’était un avantage ».

Entre castaños, helechos, uvas y chopos

13 Octubre, 2009 por Daniel

Sucede que tenemos un terrenillo perdido en la alpujarra. Allí puedes encontrarte con chopos bien criados, varios castaños medianejos, almendros de almendra amarga, un almecino, un par de granados jóvenes, una veintena de cepas de uva tinta (tempranillo, garnacha y cabernet-sauvignon), helechos, zarzas, matojos y hasta una fuente natural de agua ferruginosa. Todo suena a mucho, pero, no creas, la parcelita no es nada grande; sin embargo, pese al tamaño, está hecha unos zorros. Mi padre espera que yo le meta mano algún día, y yo también espero el día en el que me dé por desarrollar mi vena labriega que por ahora no le ha dado por salir. Hasta entonces, me conformaré con ir allá de muy tanto en tanto. Te dejo unas fotos de hace tres semanas.

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Oyendo Lost? de Coldplay.

Views from the afternoon

6 Octubre, 2009 por Daniel

Pues eso, la vista de un atardecer desde una de mis ventanas.

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Oyendo The Fixer y Got Some de Pearl Jam. ¡Vaya par de canciones!

Eugénie Grandet

29 Septiembre, 2009 por Daniel

Es la primera vez que me ha dado por leer algo de Honoré de Balzac y, no sé, quizás sea la última. A ver, la novela en sí está muy bien, pero me cansan mucho las narraciones pomposas –al menos esa es la impresión que me he llevado, aunque yo mismo sea el menos indicado para criticar a los pomposos y a sus pompas -. Hay gran realismo en la historia puesto que describe con bastante detalle a las gentes y costumbres de la sociedad francesa del SXIX y, también, algo de romanticismo. Por eso, dentro del realismo de la narración, aparecen críticas mordaces que se cubren de ironía y, asimismo, exaltaciones exageradas. 

Eugénie, la protagonista, es la hija y heredera de un rico tonelero demasiado avaro: todo lo que hace lo mide con la ganancia, el oro y el dinero. Por este motivo,  el padre hace que su familia pase enormes penurias con tal de gastar poco y ahorrar mucho, e, incluso, juega con las esperanzas de los moscones que rondan a su hija para intentar casarse con ella y llevarse su herencia. Al final, por la avaricia del propio tonelero y de las gentes que lo ansían, vemos que el dinero lo arruina todo. Quien peor parada sale es Eugénie, que es un cúmulo de virtudes –esto contrasta enormemente con el padre y con casi todos los que la rodean-, puesto que primero será castigada por el egoísmo del padre y, luego, por abandonarse a un amor que está hecho de pensamientos más que de realidades y que terminará destruyendo su vida, no en lo económico, pero sí en todo lo demás. 

 

“Grandet n’était pas embarrassé pour apprendre à Charles la mort de son père, mais il éprouvait une sorte de compassion en le sachant sans un sou, et il cherchait des formules pour adoucir l’expression de cette cruelle vérité. <<Vous avez perdu votre père!>> ce n’était rien à dire, Les pères meurent avant les enfants. Mais: <<Vous êtes sans aucune espèce de fortune!>> tous les malheurs de la terre étaient réunis dans ces paroles. Et le bonhomme de faire, pour la troisième fois, le tour de l’allée du milieu, dont le sable craquait sous ses pieds. Dans les grandes circonstances de la vie, notre âme s’attache fortement aux lieus où les plaisirs et les chagrins fondent sur nous. Aussi Charles examinait-il avec une attention particulière les buis de ce petit jardin, les feuilles pâles qui tombaient, les dégradations des murs, les bizarreries des arbres fruitiers, détails pittoresques qui devaient rester gravés dans son souvenir, éternellement mêlés à cette heure suprême, par une mnémotechnie particulière aux passions.”

Los cuadernos de don Rigoberto

21 Septiembre, 2009 por Daniel

Es la última novela de Vargas Llosa que he leído. Está bien, porque me parece que él escribe bien. En cambio, la historia no me ha gustado demasiado. En sí no me queda nada clara y, además, aparecen algunos pasajes que están metidos para rellenar –aunque puede que Mario pretendiera eso mismo, como si lo que se lee fuera el cuaderno de notas de don Rigoberto-. Por lo demás, es un libro bastante erótico que, bueno, entretiene, y del que más de uno habrá sacado alguna idea puesto que la sota, el caballo y el rey no aparecen por ningún sitio.

“Su hermano Narciso no era un diablo; aventurero, nomás. Dotado de una endiablada habilidad para sacar a su vocación trashumante y su curiosidad por lo prohibido, lo secreto y lo exótico, un gran partido crematístico. Pero, como era mitómano,  no resultaba fácil saber qué era cierto y qué fantasía en las correrías con que solía mantener hechizado a su auditorio, a la hora (siniestra) de la cena de gala, la fiesta de matrimonio o el cóctel, escenarios de sus grandes performances relatoras”.

Belief in the age of disbelief

21 Septiembre, 2009 por Daniel

Estaba el otro día ojeando una revista cultural, de ésas que vienen con algunos periódicos. La verdad es que no les preso demasiada antención, tanto, que sólo me dedico a mirar las fotos. Pero esta vez, aunque pasaba las páginas con rapidez, me detuve en la reproducción de un grabado. Simplemente me pareció genial. Se trataba de una de las láminas de Cyprien Gaillard que se exponen en el MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León). El grabado es el de un paisaje bucólico, como los que pudieron hacer, a principios del SXIX, los viajeros románticos ingleses, alemanes o franceses por los campos españoles (si puedes, léete el libro “Cosas de España” de Richard Ford que describe sus experiencias en España en 1830: hemos cambiado algo, pero el ajo lo seguimos usando como arma biológica para cualquier guiri y, si no, que se lo pergunten a Victoria Beckham, para quien “España huele a ajo”). Pero, aquí viene lo original, en mitad de ese paisaje idílico afloran enormes bloques de edificios -dignos de la costa mediterránea- que, curiosamente, a pesar de ser horrendos en realidad, en el grabado no desentonan y se muestran como si fueran templos.

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Niebla

15 Septiembre, 2009 por Daniel

La otra tarde cogí el coche para darme una vuelta por algunos pueblos del sur de Granada (Murtas, Albuñol…). Un amigo me comentó que me podía gustar. No por los pueblos en sí, que por lo visto no son nada del otro mundo, sino por el propio camino (él lo hizo en moto) y por las vistas que tiene: kilómetros y kilómetros de mar y de costas granadinas. Pues nada, manta, carretera y cámara con el objetivo de fotografiar una puesta de sol sobre el mar desde lo alto de una colina. Bajé a Órgiva y desde allí, subí y subí serpenteando por una carreterilla desierta que me llevó hasta la cresta de una montaña –en donde me habían dicho que estaba el paisaje-. Sin embargo, durante la subida, pronto apareció la niebla; así que de vistas, nada. No me pareció mal tampoco y, en cierto modo, hasta lo agradecí. Porque, en este lugar, más sólo que la una, bajé las ventanillas para notar el aire fresco y éste a su vez me hizo olvidar los calores que tenemos en la ciudad; lo hice, también, para que entraran la humedad de la nube y los olores de la tierra húmeda, de los hierbajos silvestres y de un mar que estaba cerca pero que no se podía ver.

La pantalla del GPS estaba llena eses que salían y entraban, con la flecha apuntando como loca de un lado para otro porque nunca había una dirección constante; y yo le decía al aparato que no se preocupase, que me daba igual si se equivocaba o no. Conducía a placer, cambiando de segunda a tercera cada dos por tres, sin música, puesto que el ronroneo del motor es más que suficiente en estos casos. En una de éstas vi a un perro de aguas, estupendo, solo, y también en mitad de la carretera. Nos saludamos y los dos seguimos a lo nuestro. Al rato me topé con la razón del chucho solitario: sus ovejas y el pastor, o sea, el dueño de las ovejas y del perro. ¡Cómo no!, todos en mitad de la carretera. El buen hombre me preguntó algo que no entendí y que supuse como la hora puesto que señaló con un dedo sucio su muñeca sucia. Son las ocho –le dije- y tanto él como sus ovejas y yo seguimos a lo nuestro -adiós, buenas tardes-. Anduve un poco más, hasta que pensé bien las cosas y me di la vuelta: total, con la niebla no se podía ver nada… Por eso, al rato volví a saludar al pastor y luego a su perro (si tuviera una casa con jardín y si tuviera menos escrúpulos, hubiera dejado al pastor sin perro). En total hice 160Km, tres fotos y el mar lo dejaré para la próxima.

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Oyendo White Shadows de Coldplay.

Caminando por Sierra Nevada

8 Septiembre, 2009 por Daniel

Éramos cuatro, la excursión duró dos jornadas por lo que tuvimos que pasar la noche al raso y a una altitud de unos 3000m. En total andamos unas 11h. De ellas, vendrían a ser unas 5h durante el primer día, o sea, unos 15Km (pasando de 2000m a 3000m de altura), con 20Kg a la espalda y desde el atardecer hasta más allá del ocaso, pero con linternas para caminar en la oscuridad. El segundo día pateamos el resto, 6h, o sea, unos 24Km (pasando de 3000m a 1300m), con menos peso sobre la espalda y desde el amanecer hasta el medio día.

Lo mejor de las dos jornadas fue el paisaje, tanto el terrestre como el extraterrestre. Lo digo, porque, sobre la tierra, el paisaje era espléndido, interminable y curiosamente marciano por la cantidad de montañas de piedra y de piedras que nos rodeaban. Aunque esa imagen monótona se rompía de vez en cuando a causa de los pocos neveros que aparecían durante el camino y, conforme se descendía en altitud, por las hierbas silvestres y el agua cristalina que daban algo de color sobre un fondo gris. En cuanto al paisaje extraterrestre, me refiero al cielo de noche, sin luna, y limpio de cualquier luz eléctrica parásita (permíteme que también considere la ausencia de luz como algo extraterrestre). Pasaron varias estrellas fugaces, puede que reminiscencias de las lágrimas de San Lorenzo, y la vía láctea ¡se podía ver! Galaxias y estrellas, y más estrellas y más galaxias, muchas con nombre, seguro que otras sin él y, aunque mi dedo y mi vista no supieran quién era quién, todas estaban allí haciéndose notar.

Lo que te diga, muy bonito, pero de dormir, nada de nada, por la falta de costumbre de hacerlo en un saco, por el frío (unos 5ºC), y por el pensamiento fugaz de unos zorros merodeando. A decir verdad, también rondaba una especie de araña bastante fea y bien criada, pero temía más el lametón de un zorro.

En cuanto a la forma física. El primer día no tuve problema alguno. En cambio, al final del segundo día, los tres o cuatro últimos kilómetros los hice cojeando porque mi rodilla derecha me dijo “hasta aquí hemos llegado, pedazo burro, burro, más que burro”; Ese día fue muy duro, porque bajar andando cansa mucho, para mí más que subir. Por eso, como había partes que tenían mucha pendiente, ésas las bajábamos corriendo para evitar cargar aún más a los músculos o para pasar rápido el mal trago o para hacer el tonto.

Nada, al final uno se rinde a lo que todo lo cura: tres cervezones bien helados cuando arribamos a la civilización y, luego, en casita; después hay que dormir 14h sin parar y reposar durante tres días las agujetas de las piernas. Aunque, menos mal, con la rodilla totalmente recuperada tras el sueño. Y tampoco he perdido uñas ni me han salido ampollas (lo uno y lo otro es raro en mí).

Como nota y como cosa pendiente por hacer en el futuro, puede que el próximo verano no esté mal hacer lo mismo que les he visto hacer a otros este año: Serían las cinco de la mañana; de pronto se oyeron las voces de tres o cuatro ciclistas rodando por una pista que pasaba a nuestra vera. Y es que recuerdo que ése era uno de los retos de mi época universitaria y que, quizás, con buen criterio no hice: una etapa nocturna en bici, ya fuera por el monte o por un desierto. Tiene que ser de noche, porque de día ya lo he hecho un par de veces, aunque esa sea otra historia que ya contaré.

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Ycomo allá arriba casi todo fueron piedras, me he acordado de una poesía de Juan Ramón Jiménez:

“El cielo pesa lo mismo
que una cantera de piedra.
Sobre la piedra del mundo
son de piedra las estrellas.

  ¡Esta enorme cargazón
de piedra encendida y yerta!
Piedras las estrellas todas,
piedras, piedra, piedras, piedra.

  Entre dos piedras camino,
me echo entre piedra y piedra;
piedras debajo del pecho
y encima de la cabeza.

  Y si quiero levantarlas,
me hiere la piedra eterna;
si piso desesperado,
sangro en la piedra terrena.

  ¡Qué dolor de alma, piedra;
carne, qué dolor de piedra;
qué cárcel la noche, piedra
cercada y cerca de piedra!

  Con tu piedra me amenazas,
destino de piedra y piedra.
Con tu piedra te daré
en tu corona de piedra”.

Oyendo Hardest Part de Coldplay.