Me levanté el sábado con ganas de pescado. Por una parte, había pasado bastante tiempo desde la última vez que cociné algo que no fueran espaguetis y, por otra, hacía tiempo que no cataba el pescado. Me fui al supermercado con la idea de pillar un par de lubinas para ponerlas a la sal. Como ya te he comentado en alguna ocasión, es un plato muy fácil de hacer y muy agradecido.
Allí estaba la pescadera, que ya me conoce de vista, y que hasta me ríe las tonterías que le digo. Aunque, pensándolo mejor, a mí sí que me sonaba su cara de otras ocasiones -fácil por lo guapisima que es-, en cambio, de lo contrario no te aseguro nada -tendré que comprar pescado con más frecuencia-.
No sé si a causa de la huelga A, o quizás por la huelga B, o por casualidades de la vida, en la pescadería del Hipercor no había ni una sola lubina. Para que mi gozo no quedase en el fondo de un pozo, me conformé con un par doradas con cara de apaño.
Cuando me da por estas cosas, en mi cocina empieza una fiesta que tiene unos pasos inexcusables que cumplo religiosamente: El primero tranquilidad, no hay prisa: si termino comiendo a las cuatro o a las cinco, no pasa nada. Segundo, un vinito par ir calentando motores e ir abriendo el apetito: Ese día tocó un Pedro Ximenez. Así, entre sorbito y sorbito, pensaba en cómo iba a atacar a ese pescado que me miraba con ojos raros. Tercero, que no falten unas tapitas de algo. El vino muy rico… pero hay que mezclarlo con algo; para eso tenía un poco de mojama de atún, butifarra, y un cabrales que cortaba la respiración. Ya sé, son unas mezclas muy raras, pero, te digo, lo último que tengo es prisa con lo que antes o después van cayendo una detrás de otra. También, como el Pedro Ximenez cansa por lo empalagoso que es, me pasé a la cerveza. El cambio lo agradecí porque ya empieza a hacer calor -mas con el horno rabiando al lado- y mi cerveza estaba heladísima, casi a punto de ser una granizada.
Por último, le llegó el turno al pescado. El horno precalentado a 200ºC. Metí la bandeja con el bicho dentro de una montaña de sal y, para hacer algo útil durante la espera –unos 15 minutos-, me tomé otra cerveza.

Rizando el rizo, si te fijas en el reflejo de la puerta del horno, te darás cuenta que llevo la camiseta de España del mundial del 2002. No he visto una camiseta más fea -me recuerda al traje de Milikito cuando vestía de payaso- y que de más calor -se supone que es de un tejido supertranspirable-. Del fútbol te puedo decir que me importa un carajo, pero estos partidos los suelo ver -ese día España-Suecia- y, ya que me compré la camiseta, me la pongo en estas ocasiones para amortizar el gasto (haciendo la media voy por 10€ la puesta).
A lo mío, que se me pasa el pescado. La dorada ya está a punto. Hay que rescatarla del fondo de la montaña de sal. Se le quita con cuidado, y ahí está, con un aspecto inmejorable, directa al plato y lista para incarle el diente.
Después de tanta historia, en quince minutos terminó todo en mi estómago –el bicho muy rico, sí, aunque prefiero la lubina- pero así es la vida, como en otras tantas cosas, a veces se disfruta más en los prolegómenos. Todo terminó como siempre acaban estas cosas: con los platos metidos deprisa y corriendo en el lavavajillas, y yo tirado en la cama. Me esperaban un par de horas de siesta. Nada emocionante, ya lo sé, pero de vez en cuando apetecen estas cosas.
Escuchando Going On the Gnarls Barkley.