Una tía abuela mía es chilena y alguna vez me he deiletado con alguna de sus empanadillas. Como no conozco su receta, me la he inventado, pensando en qué debería llevar para igualar el sabor del recuedo de las origilanes. Manos a la masa. He pochado una cebolla y un par de dientes de ajos. Una vez que estaban casi dorados, he añadido medio kilo de carne de ternera picada. He dejado un tiempo que se hiciera. Más tarde he vertido un chorreón de Jerez, aceitunas verdes picadas, un poco de sal, casi nada de pimienta molida, una buena pizaca de comino molido y he dejado que se evaporara el vino. Cuando eso, he echado seis cucharadas de tomate frito y no he parado de remover hasta que se cociera todo bien. Por último he picado un huevo duro y lo he mezclado con todo lo demás.
Lo más divertido viene ahora. He puesto sobre una tabla una lámina de masa de empanadillas de La Cocinera. Encima de ella, una bola de masa y la he cubierto con otra lámina de empanadilla. Luego, la he cerrado con un tenedor y la he pintado con huevo batido. Me han quedado muy abstractas: neoconstrucción culinaria, vamos. Al final, todo al horno, a 220 ºC, durante 15 ó 17 minutos.

Hace más de diez años que no pruebo las empanadillas de mi tía. Por supuesto, las suyas estaban mucho mejor, pero éstas que ves han salido muy dignas.
Oyendo Many of Horror de Biffy Clyro. No es que sea muy buena, demasiado ñoña, pero comienza bien.







