Mientras miraba de reojo el Bitter-Kas que bebía, me atrajo la espiral de caña que formaba el posavasos. Eso me llevó a pensar en otras espirales. Así, recordé una que aparece en los fuegos de mi vitrocerámica; en los cucuruchos de pescaíto frito cuando se miran desde abajo. Cómo no, ¡en el caracol! También, en los surcos de un disco de vinilo, en las galaxias y hasta en el camino que tiene que seguir un ion cuando es acelerado en un ciclotrón. Viendo que se me terminaban los ejemplos y que me iba por lo rebuscado, cogí un libro de geometría para escarbar dentro de él y comparar si la fórmula que mientras tanto se me había ocurrido era válida o no. Para mi sorpresa, a parte de ésa que había pensado, encontré otras muchas ecuaciones, y, mira tu por dónde, he aprendido que la espiral de mi vitrocerámica es una espiral de Fermat, y que las otras que te he comentado estarían dentro de las espirales de Arquímedes y las logarítmicas.


Cuando más tarde le eché una foto a la vitro para insertarla aquí, pensé que la imagen que veía le daba un aire a la portada de un libro que leí hace años: “el nombre de la rosa”. Lo busqué y comprobé que no había demasiado, salvo el contraste entre el rojo y el negro: debajo del plano de un laberinto estaba la foto de una rosa. Apostaría un puñado de sal a que el laberinto del libro es aquel que hay en la catedral de Chartres (pero nunca sabré si la apuesta la he ganado o no porque en aquella edición no viene el nombre del laberinto que inspiró al diseñador de la cubierta). No recuerdo dónde leí el significado místico que le daban los antiguos a los laberintos que, la verdad, unos y otros se han empeñado en metérnoslos por medio desde que Dédalo trazó el de Minos.


Mira tú que yo sólo quería beberme un refresco, después llegaron las espirales y, por último, me metí en un laberinto. Como no sabía salir de él, pensé en probar a leer algo de mitología griega para, con suerte, toparme con alguna idea que salvara el post. Entonces, le pregunté a mi padre por los griegos y su parafernalia y él me recomendó un par de libros “Dioses y héroes de la antigua Grecia” de Robert Graves y “Dioses y héroes: mitos clásicos” del Aula abierta Salvat. He dejado pasar los días hasta terminarlos. Me han gustado; además, se leen en dos patadas, cosa que es un plus a su favor.
Y, lo que me ha quedado en claro es que si yo fuera un Teseo cualquiera, le pediría a la Adriadna de turno que me lanzara un ovillo mágico para que me guiase hasta una salida. Como no es el caso, saldré de este entuerto por peteneras. Así, resulta que Dédalo le construyó al rey Minos su famoso laberinto (en donde él encerró al minotauro). Mira tú por dónde, que Minos tenía a Dédalo hartico de trabajar, y éste se quería ir un tiempo de vaciones. Como el rey no le dejaba, decidió escaparse con unas alas que había inventado. Al final logra escaparse junto con su hijo Ícaro (lo que le ocurre a Ícaro es un tema de otro cantar), consiguiendo el asilo del rey Cócalo de Sicilia. Minos estaba que se subía de por las paredes por haber perdido a tal portento genio que le resolvía mil y un problemas; como nadie sabía dónde se había escondido Dédalo, Minos agudizó el ingenio y lanzó un acertijo trampa con un suculento premio para aquel que lo resolviera: A cambio de una bolsa de oro, ¿cómo pasar un hilo de lino a lo largo de la concha de un caracol? Nadie lo pudo resolver hasta que el rey Cócalo dio la solución (éste se lo había consultado a Dédalo, claro): “Mira, Minos, lo único que tienes que hacer es atarle un hilo de seda de araña a la pata de una hormiga y hacer que, gracias a una pizca de miel que has colocado en el otro extremo de la concha, la hormiga recorra toda la espiral. Una vez que ha salido, atas un cabello de mujer y tiras del hilo de seda de araña hasta sacar, a su vez, el pelo de mujer. Conseguido esto, atas el hilo de lino al pelo y tiras de él… y ya lo habrás conseguido”. Equilicuá… pensó Minos y le contestó a Cócalo: “¡Tú tienes a mi Dédalo! Por la gloria de tu madre, devuélvemelo finstro pecador de la pradera o atente a las consecuencias , ¡jarl!”… Lo que luego le ocurrió al torpedo de Minos no se lo deseo a nadie, pero esa historia me servirá para otro post, así que no te la cuento.
Creo he salido del entuerto, porque he conseguido encontrar el lazo de unión entre una espiral con Dédalo que, a su vez, diseñó uno de los laberintos más famosos de la antigüedad que, sin dudarlo, influyó en aquel de la catedral de Chartres que, por otra parte y tal y como he apostado, seguro que inspiró al diseñador de la carátula de mi edición del “nombre de la rosa”, y esa apuesta que tal vez vendría a darle un aire a aquel acertijo que en su día lanzó Minos… (bueno, sólo es un símil válido si somos benevolentes). Acertijos que dan que pensar o de vientre; pensamientos que, consecuentemente, se alimentan de tiempo y, para pasar el tiempo a gusto, ¿qué mejor que beber un Bitter Kas? Así, sorbito a sorbito, mirándolo de reojo para saborear el instante, para contenerse un poco y no terminarlo de un trago.
El anterior es un buen motivo para mirar de reojo; otro, y por qué no, sumándose con todo lo demás, viene de una frase que he leído hace poco no sé dónde: los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.